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Nuevo destino


Al fin he comprendido y soy consciente, de que somos nosotros los que pertenecemos a la vida y no ella a nosotros, porque está claro, que la historia jamás parece historia cuando la estamos viviendo. (Alfonso Villegas Lermo, del libro El desterrado de Dios).

Avanzo. Avanzo y tengo la impresión de estar huyendo del pasado. Camino y sufro las lesiones que el viaje me produce.

¿Habré sido burlada? Conozco el engaño. Sé que existe desde que el mundo fue creado. Las mentiras dañinas matan. A pesar de mis dudas, he decidido confiar, seguir hacia delante.

A cada instante me alejo del ambiente que hasta hoy ha sido mi natural cobijo. La soledad me abruma.

2

   

Mientras viajo, más me doy cuenta que es el miedo a lo desconocido lo que nos impide tomar decisiones. Desde hace siglos, los de mi especie, estamos intentando alcanzar esta quimera: Llegar a tierra seca. El Gran Protector nos reunió ayer mismo para comunicarnos la noticia: La hora es. Un nuevo destino nos espera. Su rostro reflejaba gran preocupación. Junto a él, todos aseguraban con insistencia que este es el sendero. Casi a ciegas lo recorro. No obstante, me asalta otra pregunta: ¿y si fuese un reflejo distorsionado del verdadero camino? ¿Y si... queriendo encontrar algo mejor, nos hemos equivocado?

Siento la emoción de estar llegando a alguna meta. Desconozco cuál. Miro hacia atrás e intento calcular la distancia recorrida, la longitud que me separa de los amigos. Es extensa.

Necesito ahora hacer una pausa para recordar nuestros ratos de alegría. El modo en que ríen. Por mi parte, de manera imaginaria les lanzo un gesto de complicidad para que sepan que estoy bien. Sigo viva a pesar de los enigmas que surgen con intención de dañarme.

Prosigo. Continúo la marcha.

Creo que ya entiendo. A ratos he pensado que me tendían una trampa cuando, más bien, me han lanzado como primicia hacia el futuro. En la distancia desean un final victorioso que, quizás, no todos puedan disfrutar. La mejor noticia será mi no regreso. Eso les llevará a seguir mis pasos; correr, uno a uno, los mismos riesgos que tengo que soportar a solas.

La desidia nos ha detenido, ciclo tras ciclo, con el pretexto de no ponernos en peligro. Nos amamos, hemos dicho como excusa, no corramos ningún riesgo.

Sobreviviré. Sí. Sobreviviré a esta misiva aunque para ello sea menester el cambio. Sobreviviré aunque tenga que abandonar la cómoda ambigüedad de la vida que he llevado. Aunque tenga que despojarme de las escamas que me cubren. Aunque tenga que modificar mis aletas en extremidades, mis branquias en pulmones. Aunque tenga que abandonar el ambiente marino y aprender a avanzar caminando..., arrastrándome en la brusca superficie. Sobreviviré aunque me duela.

Tiemblo. Me encuentro sola yendo hacia la otra cara del origen. Cada vez me alejo más y más de quienes me enviaron. En vano vuelvo a mirar. No distingo sus siluetas. Mi cuerpo se transforma. ¿Me reconocerían si me vieran? No sé... pues no hay nada más difícil, así lo creo, que ser pez y tener que aprender a vivir fuera del agua.


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Isabel Pavón.
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