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    No a la muerte inmaculada

...Como el Padre me envió a mí, también yo os envío a vosotros
Jn 20:21

Tu Palabra. Esa es la razón por la que me siento enviada. Es por ti, Señor, que no quiero que la muerte me encuentre inmaculada.


No1

No2

No3

 

Es por ti que no quiero morir con la inocencia que vestí el día de mi nacimiento. Quiero ser madura en mi vida cristiana.

No quiero morir sin haberme equivocado mil, dos mil, un millón de veces, porque eso querrá decir que he tomado decisiones, que he vivido, que he apostado por algo, por lo más grande, por ti, que he luchado por tu causa, Cristo.

No quiero morir sin haber firmado una propuesta con nombre y apellidos por una razón digna a mi juicio, justa, aunque sea indigna para los escrupulosos de conciencia que no desean mancharse.

No quiero que la muerte encuentre mi alma sin rasguños porque eso querrá decir que nunca me he caído y por lo tanto que he permanecido inmóvil.

No quiero morir sin haber estrenado el pensamiento, sin haberme estrujado el cerebro, obra de Dios regalada al ser humano para distinguirlo del borrego.

No quiero morir pensando que jamás hubo en mí pecado pues no sería digna del sacrificio de Jesús que me hace salva. No quiero.

No quiero que el corazón se me haga impermeable, sino que toda injusticia me cale bien dentro y me duela como si de una herida grave y propia se tratase.

No quiero que la muerte me encuentre de reposo. No quiero.

No quiero morir sin haber puesto la mano, las dos manos, en el fuego, o en el arado, o en el rostro de un amigo, da lo mismo.

No quiero que la muerte me encuentre muerta de espíritu.

No quiero que la muerte me encuentre inmaculada, pues “vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada”*.

Entonces oí la voz del Señor, que decía:
“¿A quién voy a enviar?
¿Quién será nuestro mensajero?”
Yo respondí:
“Aquí estoy, envíame a mí.”
Is 6:8


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Isabel Pavón.
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