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Mujer, ahí tienes a tu hijo; ahí tienes a tu madre


Jesús quiso transmitir la importante necesidad que tenemos de contar con alguien, de agarrarnos a alguien, de sentirnos protegidos por alguien, y lo simboliza en esas dos frases.



Jesús, viendo a su madre y al lado al discípulo predilecto, dice a su madre:

Mujer, ahí tienes a tu hijo.

Después dice al discípulo:

Ahí tienes a tu madre.

Desde entonces, aquel discípulo la recibió en su casa.

Jn 19, 26-27

 

Me pregunto cuál será el cometido de estos dos versículos. Jesús tenía hermanos y hermanas, lógicamente era a ellos a quienes les correspondía hacerse cargo de María. No sabemos cuál era la situación familiar del discípulo elegido, si tenía padres, hermanos, si se relacionaba o no con sus seres queridos. La petición del Señor resulta extraña.

La técnica del ‘padrón’

2

 

A su progenitora no la llama madre sino mujer: “mujer, ahí tienes a tu hijo". Está a punto de morir y quiero entender que esto le lleva a desnudarse, más bien le obliga a desprenderse de su parentela. Le ofrece a ella un hijo más.

Lo que entiendo de este texto lo hago posicionándome en el estado de sufrimiento y soledad, en la agonía. Desde la cruz, el Hijo de Dios nos envía un mensaje de acercamiento, de comunión. Jesús, para que no nos quedásemos del todo solos, deseó invitarnos a una nueva conciencia. Quiso transmitir la importante necesidad que tenemos de contar con alguien, de agarrarnos a alguien, de sentirnos protegidos por alguien, y lo simboliza en esas dos frases.

Él, que desde pocas horas antes se sentía tan abandonado por sus seguidores parece que quiere evitar a los demás ese dolor. Él, que durante su ministerio aquí no se sintió acompañado por su familia, porque pensaban que estaba loco, no quiso dejar sin familia a los que allí quedaban. La soledad de esos momentos tan duros no los deseó para nadie más. "Mujer, ahí tienes a tu hijo". "Ahí tienes a tu madre".

Si su muerte fue deshonrosa, él honra a los presentes. El que ha sido abandonado proclama, antes de su último suspiro, amparo para los que se quedan. Según la concepción social de la época, aconseja que los varones, en su rol de hijos, acojan y respeten como madres a las mujeres. Que las mujeres, según la concepción social de la época, en su rol de madres, acojan y amen como hijos a los varones.

Fuera de la ciudad, desde la pequeña colina donde se alzaba, desechado por muchos, traicionado por todos, negado por sus discípulos, Jesús franquea la consanguinidad y llama desde la no parentela, a la parentela; desde la separación, a la unión; desde la no responsabilidad hacia el otro, a la responsabilidad.

Nos llama a ser capaces de valorar las circunstancias del prójimo, a sentirlo tan cerca que nazca la confianza capaz de abrir corazones.

Invita a ser familia a los que no son familia. Nos conduce al acogimiento, a refugiarnos mutuamente los unos en los otros.

 

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Isabel Pavón.
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