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Mujer Tierra


Mujer Tierra me bautizó la vida, comarca fructífera, como tú. Camino desnuda y sin vergüenza de mi aporte al mundo, de alcanzar metas.



Querida amiga que a mi escrito tus ojos acercas:

No importa el lugar desde el que escribo mi carta, ni mi nombre, ni mi edad, ni otras señas. Te cuento que la vida, igual que a ti, me bautizó Mujer Tierra y de eso presumo. Soy carne, monte y llanura por donde me corren ríos y se afianzan mares. Mis aguas, saladas o dulces, nunca amargas, son todas navegables. Los que me quieren lo saben.

También, a veces, me empapan tormentas que luego se amansan. Afloran tempestades de donde florecen soledades sin color ni aroma. Cuando las aguas me cubren, la sal me quema. Y comienza de nuevo el ciclo de vaivenes del alma.


Pasen, prometemos no vender

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Mi mente de volcán no se sacia. De mí brotan sorpresas que florecen al paso de las horas. Me varían los humos según los días. Soy una y soy muchas.

Mi pelo lo forman ondulantes algas. Perlas habitan mi boca y en mis ojos brillan esmeraldas. En mi carne se intuyen vidas pasadas, ecos de otras épocas, vidas gemelas a la mía que me hablan de su incesante dolor rojo escarlata. Se instalaron allí, en el horizonte de esperanza que se aleja cuanto más me acerco. Son los antiguos ecos de cantos suplicantes que vagan a la deriva buscando puertos donde atracar y hacerse realidades. Tras ellos voy.

Mujer Tierra me bautizó la vida, comarca fructífera, como tú. Camino desnuda y sin vergüenza de mi aporte al mundo, de alcanzar metas. Más tengo frío. De comprensión ando rota. El cansancio, a veces, me agota. Necesito una tregua. Sobre mis anchas caderas los siglos reposan. Mi carne, con el tiempo, muda de forma, el temperamento se doma. Mi cántaro de piel dejó de parir vida para dar paso a las cigüeñas.

De la Tierra tomo sus diversos tonos verdes, sus accidentes, sus múltiples frutos. Elijo caminos escabrosos de los que sólo yo conozco las veredas. Soy de todos y soy de nadie. Ni me vendo, ni me compran.

Agradezco las piedras maestras que encuentro en el camino, pues son visibles. Me dan a elegir entre la dificultad o bordear la zona. Cada una de ellas tiene un mensaje aleccionador. Como aprendizaje constante las valoro. Si su tamaño y peso lo permiten, las llevo en mi alforja para no olvidar y, porque así, no vuelvo a tropezar con ellas.

Muero y revivo muchas veces, sé que me entiendes. Por ser lo que soy, multifacética, otros me señalan con el dedo. Me arañan con el arma cortante que brota de su extremo. Mutilan mi carne y arrancan mis cabellos. No obstante, los astros me defienden a todas horas.

Mujer Tierra soy, como lienzo sin firma y sin dueño. A todo eso aspiro, amiga anónima.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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