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Mujer, ¿imbecillitas mentis?


Queridas amigas y hermanas en la fe, es comprensible que haya hombres que quieran invalidarnos. Durante siglos y siglos han tenido una terrible enseñanza que les ha conducido erróneamente.

No sé cómo os sentiréis cuando leáis a continuación los piropos que nos dedicó Juan Crisóstomo (siglo IV-V) y que descubrí hace poco.

Personalmente no soy consciente del daño que causo a los varones, ni tengo remordimientos de conciencia. Tampoco entiendo como después de estas parrafadas nos siguen considerando el sexo débil. Parece que los hombres nunca han abusado de las mujeres, ni las han maltratado, ni golpeado, ni engañado con malas artes.

Creo que tenemos que ser comprensivas con la debilidad que arraiga en muchas mentes masculinas, frágiles como ellos solos, influenciables, sin dominio propio, a la espera de que aparezca una mujer buena y encuentran lo que encuentran, ¡qué decepción!


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Otra cosa que sigo sin comprender es como todavía pierden los papeles por algunas de nosotras, tan advertidos como están, y el que avisa, como Juan Crisóstomo avisó, no es traidor.

Lean, no tiene desperdicio. Está muy claro:

Igual que cuando alguien captura a un león orgulloso y de mirada altiva, le corta la melena, le rompe los dientes, le corta las uñas y le convierte en un espécimen desgraciado y ridículo (...) así esas mujeres convierten a los hombres que capturan en presas fáciles del mal. Los hacen débiles, airados, vergonzosos, despreocupados, irascibles, insolentes, inoportunos, innobles, rudos, serviles, tacaños, temerarios y tontos. En resumen, las mujeres toman todas sus corruptas costumbres femeninas y las imprimen en las almas de los hombres. (Tomado del libro “La Mujer en los orígenes del cristianismo”, capítulo de Mar Marcos).

Juan Crisóstomo, cuya madre murió poco después del parto dejando a otra hija mayor que Juan, vio en él al niño más bonito y tierno del mundo, estoy segura, porque nos derretimos con los bebés. No obstante, al crecer, se aferró al virus de la misoginia mortal, o el virus se aferró a él. Además, fue contagiándolo, haciendo uso del poder de su influencia. ¿Qué fue lo que le llevó a odiarnos y temernos de semejante manera? Sólo Dios lo sabe.

Otro compañero del siglo II-III, Tertuliano de Cartago que en gloria esté, tiene su propia versión cortada, más o menos, por el mismo patrón.

Tú (mujer) eres la puerta del diablo, tú quien destapó el árbol prohibido, tú la primera transgresora de la Ley divina; tú fuiste quien persuadió a aquél a quien el diablo no tuvo suficiente coraje para acercarse, tú estropeaste la imagen de Dios: el hombre Adán; por tu castigo, la muerte, incluso el Hijo de Dios hubo de morir (...) ¿No sabes que cada una de vosotras es una Eva? La sentencia del Señor sobre tu sexo está vigente hoy; la culpa, necesariamente, sobrevive hoy también.. (Tomado del libro “La Mujer en los orígenes del cristianismo”, capítulo de Mar Marcos.

¡Dios Santo!, se me ponen los pelos de punta. ¿Os imagináis dando cuentas en el juicio final por todos los pecados, los nuestros, los de ellos, los de todo el mundo incluidos las faltas graves de los ácaros?

¿Ha quedado alguna duda al respecto de lo que opinaban de nosotras? Pues ambos, por muy influyentes que fueran en su tiempo, y lo fueron; por mucho bien que hicieran en otros aspectos del cristianismo, hoy día estarían cumpliendo cadena perpetua, sin libertad condicional y sin fianza, por soltar estos primores. Sin embargo, han dejado como herencia grabado a fuego lento en las mentes varoniles estos temores y viven sujetos a ellos como a un clavo ardiendo.

Nos quieren cuanto más invisibles mejor. Invisibilidad, en estos casos, es sinónimo de virtud. También sumamos puntos si vestimos a la moda de Maricastaña, si nos hacemos un rodete con el pelo, si adoptamos posturas indefensas, si no nos maquillamos, si inclinamos la mirada cuando nos hablan, si el sexo no nos interesa.

Me pregunto si Juan Crisóstomo y Tertuliano de Cartago habían tenido malas experiencias con nuestro género. También tengo curiosidad por saber cuántos de los que piensan hoy así tienen acceso a la consulta de un psiquiatra.

En fin, los dos murieron dejando vagar su espíritu amenazante y como dice Serrat en un párrafo de una de sus canciones:
Si no fueran tan temibles
nos darían risa.
Si no fueran tan dañinos
nos darían lástima.
Porque como los fantasmas,
sin pausa y sin prisas,
no son nada si les quitas
las sábanas

Mujeres, ¿qué pensamos?, ¿imbecillitas mentis?, ¿no somos mucho más valientes?, ¿no sobrevivimos a este maltrato?, ¿no asumimos nuestros propios defectos y encaramos la vida a pesar de los pesares? ¿no les quitamos las sábanas cuando nos acusan de que nuestro trabajo, dedicado al Señor, es del diablo y seguimos adelante con la mirada puesta sólo en Aquél que la merece?

Demos gracias a los varones que sólo se han dejado influenciar por las maneras que Jesús tuvo y tiene hacia las mujeres rompiendo moldes misóginos. Porque los hay. Hombres con las mujeres unidos por y en Cristo.


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Isabel Pavón.
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