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Mi reloj ha muerto


Nos habíamos incluso acostumbrado a su defecto de nacimiento, pues tenía un brazo más largo que el otro.

 El reloj de mi cocina ha muerto. Aunque me apene y duela decirlo, he de confesar que en realidad se ha suicidado. 

Antes ha sido tan amable de escribir una nota despidiéndose de nosotros.

En ella nos decía que estaba cansado de tanta mentira, de marcar 12 horas cuando en realidad son 24:

 Harto de marcar un tiempo falso, me mato. Harto de ver la vida desde la pared, conectado a un par de baterías, me mato  (así iniciaban estas palabras textuales la nota de suicidio del reloj).

Sus agujas, que se han quejado de lo mismo en la nota mortuoria, añadían además su irritación sobre el  dichoso segundero .

Mi reloj ha muerto

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No soportaban más que circulase siempre por encima, y caminara tan alocada y alegremente, mientras ellas apuntaban las horas con toda la enorme responsabilidad de su parsimonia.

 En casa estamos destrozados. Echamos de menos el incansable  tic-tac  de su voz discreta, el ritmo heterogéneo de sus manillas. 

Nos habíamos incluso acostumbrado a su defecto de nacimiento, pues –aunque nunca lo mencionábamos en voz alta delante de él- tenía un brazo más largo que el otro.

Aún recuerdo el día que entró por primera vez en casa. Se presentó trajeado con un elegante plástico de burbujas  fassion . Siempre fue un dandi, ¡cómo se cuidaba!

A raíz de su muerte hemos perdido en casa la noción del tiempo, y nos hallamos en un constante desbarajuste de entradas y salidas.

Porque hay que reconocer que el puñetero continuamente tuvo un carácter de lo más fuerte, siempre queriendo dirigir nuestras vidas. Aunque, pesar de todo, tenemos que reconocer que era como uno más de la familia.

Es más, a la chita callando (o tictaqueando) llegó a ser el guía, la batuta, pues consiguió ponerse nuestras vidas por montera.

Aún no hemos querido deshacernos del cadáver. Aunque parezca una frase manida, al mirarlo, más que muerto, parece dormido, ¡quién lo diría!

Mi casa es un caos. No hay acierto ni concierto. Cada cuál entra y sale a la hora que supone más oportuna.

Sólo yo permanezco velándolo, día y noche, y me asusta cualquier imprevisto fuera del espacio que marcaban sus horas.


Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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