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Milagros para Urbano


El señor Urbano puso el refresco a un lado antes de destapar el milagro.

- Buenas tardes nos dé Dios –dijo el tendero uniformado con pantalón y camisa color cielo, al ver entrar a su antiguo cliente.
- Lo serán para usted –respondió este.
- ¿Qué desea, señor Urbano?, le veo mala cara.
- Estoy flojo y necesito un milagro o perderé la fe. Llevo dos días bajo de adrenalina y preciso subirla sin demora.
- ¿Talla..., por favor?
- XL.
- ... ¿No le vendrá un poco grande?
- Más vale que sobre a que falte –respondió con un gesto de pocos amigos.
- Un momento, por favor. Echaré un vistazo, no sé si nos quedan.

El vendedor regresó un minuto más tarde con las manos vacías y el gesto apocado.

Milagros para Urbano

2

 

- ¡Lástima!, nos falta mercancía. De esa talla no queda absolutamente ninguno.
- ¿Cuándo recibirá el próximo pedido?
- Eso depende del fabricante y está de vacaciones en el mar.
- Bueno..., ¿le queda alguno talla L?
- Parece que hoy no es su día, perdone que me ría. Acabo de vender el último al señor que salía cuando usted entraba. Lo llevaba puesto, ¿se dio cuenta?
- Pues no, no me fijé, ya le digo, traigo la mirada adrenalítica por los suelos.
- ¿No observó el burundún de esparto que llevaba enrollado en la cabeza? ¡Último modelo, caballero! ¡Dan una planta soberbia! Se nos han agotado enseguida. Aunque pesan un poco, han sido vistos y no vistos, como los relámpagos. Nos llegan de unos tíos que tenemos en América. Fabricación propia.
- ¡Vaya día!, parece que llego tarde... ¿Tiene otra cosa que ofrecerme?, no me importa si es un milagro de poca monta.
- Nos queda uno pero está descatalogado por no cumplir las normas, además es de talla pequeña. Si quiere se lo prueba e intentamos arreglárselo, le ensanchamos el contorno de sisas..., ¿tiene el ombligo bonito? Lo pregunto porque tendrá que darse tirones para que el portento le cubra las molduras de la cintura. De todos modos sabe que, hoy día, en cuanto a prodigios, no hay nada escrito.
- No sé, no sé, me pone en la duda. Es que lo que yo necesito son..., son..., ¡unas gafas!
- ¿Quiere decir unas gafas... apocalípticas?, –preguntó en voz baja, como queriendo que nadie más oyera su voz a pesar de estar solos en ese momento.
- ¡Eso es!, enséñemelas.
- Tampoco quedan. Trae usted el cenizo. A mitad de semana no suele venir Manolito. Es él quien las trae y hace las graduaciones según la óptica preferida del solicitante.
- Vuelvo a estar perdido. Me han hablado maravillas de ellas. Debe ser un gustazo ver prodigios terroríficos aquí y allá..., en definitiva ver como llega el fin del mundo arrasándolo todo en pocas horas. Yo sin señales no sé qué hacer. Me he educado en la anormalidad, sabe, y el día que me levanto sin esa sensación siento que la falta de fe me persigue. Mire que cara tan pajiza traigo.

El señor Urbano adelantó el rostro colocándose a dos centímetros de su interlocutor.

- Como el trigo antes de la siega. Pero tranquilo, señor Urbano, no se preocupe.

El tendero, queriendo agradar al comprador, quedó pensativo unos segundos intentando improvisar al mismo tiempo que hacía memoria de lo que tenía almacenado, ¿qué podía ofrecerle?

- Le voy a enseñar la oferta del día para clientes VIP capaz de resucitar muertos. Son los milagros de la marca Santa Rita. Le invito a una Coca Cola fresquita, verá como se pone mejor...
- ¡No, por Dios bendito!, de Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita, no me saque nada. Me hace más insignificante. Ni me gustan las hechuras, ni me acerco a quienes la usan. Y la Coca Cola que sea sin cafeína. La cafeína es como una droga y yo rehúso a ellas.

El hombre se agachó, sacó la bebida de una pequeña nevera cubierta de hielo que tenía a su espalda y se la entregó.

- ¿Qué tal si le muestro algo de Santa Bárbara?
- Me va más. Sáqueme algo, por favor, a ver si cambia mi suerte.

El dueño entró de nuevo al almacén. Esta vez tardó un poco más en regresar ya que no encontraba nada. Cuando lo hizo, puso sobre el mostrador una cajita rectangular.

- Es lo único que nos queda, pero tiene garantía.

El señor Urbano puso el refresco a un lado antes de destapar el milagro. Al hacerlo, encontró un hermoso paraguas plegable con floripondios almidonados rosas y amarillos.

- Ha tenido suerte. El producto trae tres regalos como complemento.

En ese momento al cliente se le pusieron los ojos como dos lunas llenas, separadas por otra en cuarto menguante, o sea, su nariz.

- ¿Cuáles?
- Unas boxilletas de caucho plateadas para la lluvia, una reblainda de pura lana virgen y el don de llamar la atención en esta época del año.
- Me lo quedo. Precisamente esa es una de las opciones que venía buscando. ¿Cuánto vale?

El tendero bajó las lentes que tenía colocadas sobre el cerebro, buscó el precio en la base y, sin abrir la boca, se lo mostró.

- Un poco caro, no obstante, teniendo en cuenta los accesorios...

Antes de pagar, el buscador de milagros introdujo sus pies en las boxilletas de caucho plateadas para la lluvia y comprobó que le quedaban como un guante de seda. Ahora sí, ahora se sentía embelesado. Abonó la factura con su tarjeta Visa-Sentimental y salió gozoso a la calle. Abrió su milagro y vio que lo cubría por completo. Se enroscó la reblainda de pura lana virgen al cuello, del mismo modo que el cliente anterior se había enrollado el burundún de esparto a la cabeza y comenzó a caminar calle arriba. A partir de ahí, la adrenalina le fue devolviendo la vida que le estaba faltando.

Eran las 16 horas de un miércoles 13 de agosto rebosante de sol de justicia.

Suele haber demanda de milagros por parte de quienes piensan que el sacrificio de Cristo es insignificante. El don de gente está asegurado. Si no me creen, pregunten, pregunten al señor Urbano.


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Isabel Pavón.
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