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Mi carga es tu carga

Quien quiera entender el tema del abuso sistemático de autoridad, que comprenda que la paciencia tiene un límite.

Otra jornada más caminando juntos como inseparables amigos. Ramón había reunido entre sus brazos las flores que se había entretenido en cortar al borde del sendero. Perico, junto a él, daba un paso tras otro bajo el sol de justicia que aún reinaba sobre la tarde. 

Ramón era una persona habladora compulsiva. Relataba al compañero sus sentimientos y sus quejas. 


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—Oye, ¿a que te has dado cuenta de las ganas con las que he ido arrancando las flores hasta formar este manojo grandote?, Me ha costado, no creas, tengo la cintura hecha polvo.

Perico continuaba su marcha sin dar muestras de prestar atención a sus palabras, pero Ramón sabía que le estaba escuchando y prosiguió enfrascado en su perorata.

—Pues en confianza te digo que ya me están importunando. Uno se entusiasma. Se pone a pensar en su casa, en su mujer, en los gritos de alegría que dará al verlas, en lo que a ella le gustan este tipo de detalles... Porque se sabe lo bonito que es llevarle flores y sorprenderla, ¿entiendes? Se le echa ilusión a la cosa pero... ya me estorban. Mira, como sé que no te importa, mejor será que las lleves tú. Estás más acostumbrado que yo a soportar el peso. Con toda confianza te lo digo, Perico, porque hace mucho que somos compañeros y de sobra conoces que mi carga es tu carga, que mis preocupaciones son las tuyas, no lo vamos a negar a estas alturas de la vida. A ti no te molesta caminar con kilos y kilos de los productos de la huerta, nunca te has quejado, pero a mí este puñado de capullos ya me agobia. Eres un buen amigo y me tienes mucho apego, recuerda que al llegar a la cuadra, comerás y beberás gracias a mí. Si fueras, no mucho sino sólo un poco agradecido, lo llevarías todo y, además, dejarías que ahora, de un salto, me suba a tu lomo ya que estoy cansado y de aquí a poco rato me voy a quedar jorobado por el peso.

Perico torció la  cabeza hacia la izquierda en dirección a Ramón y harto de los abusos diarios, de una tacada se comió las flores. De inmediato, a modo de queja, rebuznó con fuerza. Porque, aunque era burro, hacía varios días que había dejado de ser tonto.

Quien quiera entender el tema del abuso sistemático de autoridad, posicionarse por encima de los demás y la tiranía de los unos con los otros, que comprenda que la paciencia tiene un límite, que llega el momento de que hasta los asnos se desasnan.

 

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Isabel Pavón.
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