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Magia


Queremos contar hechos paranormales para que otros crean, porque pensamos que el evangelio en sí no tiene la fuerza suficiente.


Hay cristianos que protestan de la magia que existe en los cuentos, en los libros de aventuras, en las películas. Tachan algunas fantasías, sobre todo las de ciencia ficción, como si fuesen demoníacas. Sin embargo, en su fuero interno no son capaces de concebir la vida cristiana sin esa misma magia barata que condenan.

Necesitan testimonios impactantes repletos de acciones espectaculares; milagros, muchos milagros con certificación del lugar, fecha, y hora de realización; incongruencias sobrenaturales, cualquier hecho que contenga claramente algo inexplicable. Si no los reciben, si no los palpan, dicen que están pasando por una crisis espiritual, que les falta fe; aburrimiento, diría yo. Recordemos que la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve, por lo tanto para creer no serían necesarias las pruebas visibles que piden. Además, ¿no es un don de Dios?


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¡Cuántos se habrán puesto delante de una montaña y le habrán pedido que se cambie de lugar!, sin entender el verdadero sentido del texto, y ¿para qué?, me pregunto, ¿qué sentido tendrían algunos milagros que anhelamos ver?

Cristo es real, lo sintamos o no, está presente en la vida. No confiemos en nuestros sentimientos ni en nuestras fatuas expectativas sobre el evangelio. No pensemos cuando caminemos por el desierto de prodigios que Cristo falla. Él está y aun sabiéndolo, pedimos pruebas increíbles, adornos que, como tatuajes indelebles, adherimos a nuestras creencias hasta el colmo de tapar lo sustancial y quedarnos con lo superfluo. Queremos llevar siempre el dulzor del encantamiento como si fuese un caramelo que chupamos mientras guardamos el paquete en el bolsillo durante nuestro caminar hacia la meta. Queremos contar hechos paranormales para que otros crean, porque pensamos que el evangelio en sí no tiene la fuerza suficiente.

Es penoso que critiquemos la magia de juguete que existe en la sociedad y descaradamente la necesitemos para añadirla al valor al sacrificio de Cristo, a su muerte en la cruz, a su resurrección, a su perdón, a su compasión, ¿es esto, en sí mismo, poco significativo, poco grandioso?

Este gusto por lo asombroso nos aleja del prójimo no creyente y lo más probable es que él nos juzgue de la misma manera cuando le contamos ciertas manifestaciones de Dios que no tienen ni pies ni cabeza.

Creo en Jesús. Creo en sus milagros. Los que hizo por mí en el pasado, los que hace en el presente y los que hará en el futuro; los que conozco porque han sido visibles y los que desconozco por su invisibilidad.

Por otro lado, teniendo en cuenta las ganas de grandeza que algunos poseen, hemos de saber también que no son de oro todas las maravillas que relucen en las bocas de avispados que asisten a nuestras iglesias con el único fin de engañarnos y que pongamos los ojos en ellos más que en el Señor. Que no nos engañen. Hay muchos listos sueltos con ganas de aumentar el número de seguidores jugando con la salud ajena, por ejemplo, haciendo propaganda de sus curaciones.

Esta es la copla que parafraseo e imagino cantándose unos a otros cuando se sienten compungidos y otros tararean por lo bajo mientras en voz alta critican los hechizos de los cuentos:

 

Cuéntame milagros,

cuenta por favor,

aunque no lo sientas,

aunque sean mentira,

pero cuéntalos.

Dímelo bajito,

te será más fácil decírmelo así,

y el milagro tuyo será para mí,

lo mismo que lluvia de mayo y abril.

Ten misericordia de mi corazón.

Cuéntame milagros,

cuéntamelos, cuéntalos por Dios.

 

Publicación en otros medios:
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