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Llegué a la docena de años en Protestante Digital


Una vez más quiero agradecer a Protestante Digital la oportunidad que me ofrece al permitir que me asome a uno de sus balcones y dar mi opinión.


Una vez más quiero agradecer a Protestante Digital la oportunidad que me ofrece al permitir que me asome a uno de sus balcones y dar mi opinión. Estos doce años continúan siendo muy importantes para mí.

Soy sincera si digo que no busco ser aplaudida por lo que escribo, pues tengo mucho que aprender, convicción que llevo con gran alegría y espero conservar hasta el final de mis días. Admito, además, que tengo la manía, quizá inoportuna para un conjunto de prójimos, de ver con cierta normalidad la botella medio vacía en el terreno espiritual, posiblemente por haber conocido a través de la Palabra de Dios, durante mis orígenes en la iglesia católica, una fe protestante diferente a la que con asiduidad se vive hoy. Esto me duele. Sin embargo, del mismo modo que líneas anteriores comenté las ganas de conservar el gozo de saber que no sé nada, el dolor que siento por este motivo es algo que pido prolongar hasta concluir mi existencia. 

El miedo al conocimiento nos ciega

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Como todo ser mortal, no me acostumbro con facilidad a las adversidades. Los que me conocen de cerca saben que soy cabezota. A este defecto mío le veo una parte positiva y es que me lleva a desear llenarme más, me conduce a no ver todo lo que me rodea en ese estado ilusorio y bobo de perfecta perfección. 

Tengo luces suficientes como para saber que los grandes cambios no se harán realidad hasta que nos encontremos de nuevo físicamente con Jesús, de otra forma, con otro cuerpo, otro nombre y otro vestido diferente al que imponen las modas de ahora, las sociales y las acérrimas espirituales. Por otro lado, en ocasiones me da cierto regusto ser así de pesimista, lo confieso. Suponer que no todo está hecho y que falta demasiado para acercarnos al equilibrio al que estamos llamados en la fe, es una manera de perseguir la excelencia, logro que en realidad nos va a resultar siempre inalcanzable.

Repito, mi gratitud es infinita.

 

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Isabel Pavón.
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