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La voz de la conciencia



Si lo hemos hecho mal con alguien, está bien arreglar las relaciones con sinceridad y arrepentimiento, no por puro egoísmo para sentirnos bien.


La conciencia es un soplo del espíritu de Dios, que reside en nosotros.
Chesuel

Sea de día, sea de noche, la voz de la conciencia nos habla para aclarar y asentar nuestros valores. En ocasiones, cuando no nos interesa, nos hacemos los sordos y dejamos de escucharla hasta que nos grita con urgencia.

Puede ser que tenga que ocurrir una desgracia para que reaccionemos contra nuestra sordera espiritual, por ejemplo que alguien a quien nunca le hemos prestado la debida atención esté pasando por un mal momento o enferme. Es entonces cuando la oímos orientándonos en lo que debemos hacer.


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También puede ocurrir que alguien a quien nunca aceptamos como amigo, que no permitimos que formara parte de nuestro grupo, que le dábamos de lado, esté hablando bien de nosotros e incluso nos suba por las nubes. Sentimos como una gran losa nos sepulta. Nos hallamos culpables y necesitamos arreglarnos con esa persona y mirarla con ojos diferentes, más cercanos.

La voz de la conciencia nos habla. Cuando lo hace es porque tiene razones de peso para hacerlo. Nos observa tanto si lo hacemos bien como si lo hacemos mal. Es como la alarma de un reloj que suena con fuerza en determinados momentos. Su timbre es más poderoso que nuestro no querer oír. Es una realidad espiritual que marca nuestros errores y los conduce a su arreglo.

La conciencia es un don de Dios, acompañado por la fe nos sirve para regular nuestros actos y que, igual que los demás dones, debemos desarrollar y encaminar hacia la perfección de la voluntad del Señor.

Podemos comprender su misión como un regalo que nos hace la vida más alegre. La conciencia tiene potestad para sentarnos en el banquillo destinado a las aclaraciones personales y el Señor, nuestro salvador, nos anima a soltar lastre para que lleguemos menos cargados al final del viaje.

Cuando la voz de la conciencia se hace presente, es Dios quien nos habla y nos dicta el comportamiento a seguir en el camino hacia la perfección, nos ayuda a transformarnos en mejores personas, a parecernos más a Él.

Al obedecerle decimos que tenemos la conciencia limpia, estamos lavados, dispuestos a estrenarnos de nuevo como personas renovadas.

Diferentes causas hacen que nos sintamos mal y queramos arreglar nuestro pasado con algunos conocidos, darles lo que nunca les dimos. Aquellos a quienes antes no queríamos nos resultan ahora necesarios para calmar y calmarles ese malestar que nos inunda. Los vemos con ojos diferentes.

Es algo natural y legítimo que no todas las personas nos caigan de la misma manera. Jesús tenía sus amigos más íntimos, pero si lo hemos hecho mal con alguien, está bien arreglar las relaciones con sinceridad y arrepentimiento, no por puro egoísmo para sentirnos bien. Es así como recibiremos otro hermoso don, el de la alegría. Y otro más superior, el del amor.

 


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Isabel Pavón.
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