Con Acento Poét.

  Enfermería

  ERE

  Evangelismo

  Misión Urbana

T por una Sonrisa

  Visita a los asilos

  Álbum de Fotos

  Arqueología

  Artículos

  Entrevistas

  Forwards

  Locura General

  Reportajes

  Testimonios

  Enlaces

Inicio


La voz cantante de Margarita

¡Ay, Margarita, Margarita,   
que te otorgas el poder de dar   
lo que después quitas!   


Érase una vez Margarita, una linda flor que, con el poder de sus pétalos, designaba el sí o el no quiero a quien se acercaba a consultarle. Sus respuestas eran tajantes. Entre sus respuestas no cabía un “luego veremos”, un “voy a pensarlo”, un “ya decidiré...”. No. Las respuestas de Margarita eran tan afiladas como la hoja de un cuchillo que logra cortar de un tajo aquello que se propone.

Margarita, a la vez, exigía servidumbre. Era..., cómo decirlo..., ella era como la reina de un jardín donde no debía existir la sumisión, pero existía. Si el pétalo que Margarita mostraba llevaba escrito un “sí”, cualquier cosa se llevaba a cabo. Si llevaba un “no”, ¡para qué dar más explicaciones!

2

 

 

Tan grande y antigua era la tradición de supremo poder que rodeaba a Margarita que, la decisión de sus pétalos, no dejaba lugar a dudas.

Margarita, eso decían, había nacido para mandar. Cada mañana, al abrirse de nuevo, se vestía con su propia magnanimidad y se colocaba una gran corona de honor.

Si alguien se atrevía a discutirle, decía: me sirves siempre y cuando sea yo quien te lo pida. Te uso y te tiro como un Kleenex (aunque parezca mentira, las flores saben de marcas de pañuelos de celulosa mucho más que nosotras, las personas). Si quiero no vuelvo a acordarme de ti. Me vales cuando me vales. Yo mando. Te premio o te castigo. Soy yo quien tiene poder para hacerte útil o inútil. Si te necesito bien, si no, me estorbas. Si no soy yo quien te llama, no vuelvas.

Toda esta retahíla soltaba si otra flor le plantaba cara y..., claro, ¿quién iba a tener ganas de enfrentársele?

Un día, inexplicablemente, Margarita despertó baja de ánimo. Quizás por una bajada de hormonas de autoestima; quizás por falta de lluvia de cariño; quizás por la soledad ambiental que la cubría; quizás por el sospechoso silencio que se cernía a su alrededor...Tan extraña se la veía que todas las demás flores se dieron cuenta de lo alicaídos que estaban sus pétalos. Daba pena verlos. Y como dice el refrán que la ocasión la pintan calva*, se envalentonaron y todas a una le hicieron el siguiente ruego:

“¡Quiérenos, Margarita!, ¡Quiérenos! Somos muchas las flores de este jardín que desearíamos que te tatúes en los pétalos un mensaje de acogida, de oportunidades, de libertad, a fin de cuentas..., de benevolencia. Anda, déjate llevar y, simplemente, ámanos”.

Margarita, más por necesidad que por otra cosa, lo entendió y a partir de entonces todos pasaron a ser útiles en el jardín. Todos valían. Todos trabajaban. Todos se querían y se respetaban por igual.

¡Pero qué trabajito les costó conseguirlo y cuánta paciencia le echaron!

*Los romanos adoraban a una diosa llamada Ocasión, a la que representaban como una mujer bellísima puesta de puntillas sobre una rueda y con alas en los pies o en la espalda, para indicar que las cosas buenas pasan rápidamente. Ocasión llevaba la parte delantera de la cabeza cubierta por una hermosa cabellera, pero estaba totalmente calva por detrás. De este modo, se daba a entender que una vez que ha pasado la ocasión es del todo imposible recuperarla o asirla, y que, por consiguiente, no se debe dudar un instante en aprovechar una oportunidad o coyuntura.
En realidad, el dicho no es del todo exacto, ya que a la diosa Ocasión no se la representaba calva. Sólo en parte.

Publicado en:
Protestante Digital


    -Indice de artículos de Isabel Pavón
    -Indice general de artículos

Isabel Pavón.
© SentirCristiano.com

Quiénes somos      Contacto      Preguntas Frecuentes