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Las avispas


En aquel pueblo era pecado mortal no dormir la siesta. Sobre todo, en verano hacía demasiado calor para seguir trajinando a las tres de la tarde. Su tita le ordenó subir a reposar un poco y obedeció. Detrás del postigo de la pequeña ventana que ilustraba el dormitorio de la cámara alta, la niña, apenas recién llegada al lugar, vio cómo la pequeña población de avispas seguía allí, igual que todos los agostos, refugiada del sol como ella, aletargada. ¿Serían las mismas?

Les tenía miedo. El día antes, mientras jugaba con el agua que se acumulaba en las tinas del lavadero municipal, una de ellas le había picado en la pierna. A traición le había inyectado el veneno que, en pocos minutos, hincharía la zona desprotegida. Pudo arrancarla y la vio volar hacia las flores de los matorrales que cercaba la zona, probablemente para morir allí.


2

   

Aunque intentó no llorar, fue inevitable que una cascada de lágrimas brotara de sus ojos. El dolor era intenso. Todavía lo sentía. Las amigas, que poco rato antes habían estado jugando con ella felizmente, rieron a carcajadas. Sintió rabia e indefensión. Sabía que, para ellas, no era más que la señoritinga que llegaba de la capital para ganar peso y buen color. Tan delicada..., tan blanca..., tan fina en sus modales... tan bien vestida..., tan bien hablada..., tan amiga y tan enemiga a la vez. Verla sufrir les producía un incomprensible gozo que no tenían intención de ocultar. Si la picadura del insecto le escocía por fuera, las burlas le punzaban por dentro. No comprendía la actitud de sus iguales.

Pero ahora estaba en la habitación de la cámara, sola, observando en la penumbra los despiadados insectos que, aunque parecían ignorarla, no les ofrecían confianza. Alguno salía al exterior por la pequeña rendija del postigo y, al poco rato, entraba. La chiquilla quería pensar que era el mismo. Quizás traía algo diminuto, imperceptible a la vista humana. Comida. Se atrevió a sentenciar que era comida, pues los compañeros se abalanzaban contra él para, momentos después, separarse en calma.

Aquél que marchaba, pensaba la niña, se arriesgaba en solitario al calor sofocante. Buscaba alimento y regresaba confiado a su refugio. Los otros, avispados de más, esperaban ociosos la oportunidad para sacar provecho de lo ajeno... Entre ellos se atacan, dedujo la niña. Tan pequeños y tan dañinos... Tan iguales y tan distintos... Tan juntos y tan separados... Parecen reunidos como amigos y, a continuación, son enemigos... Viven agrupados en un mismo lugar, aparentemente felices, congregados bajo un mismo motivo, y no se quieren...

Entonces, sin poder evitarlo, se acordó de sus amigas, las niñas. Aquella tarde, le fue imposible conciliar el sueño.


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Isabel Pavón.
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