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La oración liberta


En la oración somos nosotros los que recibimos, los que salimos más beneficiados, no Dios.

La oración nos libera de las cargas. Hablar con Dios, derramar nuestra angustia en su presencia alivia nuestro dolor. Él escucha siempre y a pesar de nuestras dudas, aunque nosotros no sepamos escucharle, nos inyecta vida en esos huecos donde se ha instalado la angustia y da calma. Esa vida nos da la fuerza, ya sea para vencer lo que nos preocupa o para aceptar un dolor que no va a irse porque se ha hecho nuestro para siempre.

La liberación que recibimos nos retorna el conocimiento de la paz, nos reconduce a la vida que se nos hace insoportable, a la familia que amamos, a los amigos fieles, al trajín diario. Pero, aunque permita el desahogo y el bienestar posterior, no es la oración un amuleto para usarlo a nuestro antojo, no es un ceremonial de gestos o posturas, un comodín que nos complace en gustos y exigencias.


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Con la oración no manipulamos a Dios, no podemos chantajearle como a veces, muchas veces, pretendemos. Tampoco la oración es un trueque con el que cambiamos a Dios algo suyo que necesitamos por algo nuestro, yo te doy y tú me das. Ni es explayarse con el verbo gramatical en todas sus conjugaciones hasta que se nos quede la lengua seca. No es eso. Es más. Es presentarnos ante Dios, reconocer, en primer lugar, que él es luz sin mezcla alguna de tinieblas, exponerle nuestras alegrías y nuestras miserias y dejar a su voluntad todo lo demás. Es un desnudarnos confiados, en silencio también, sin vergüenza, con la franqueza de quien se sabe sin protección, la necesita y posiblemente no la merezca. 

Supongo que para Dios es agradable la oración cuando además de pedirle, reconocemos su grandeza y le damos gracias, incluso al quejarnos del trajín diario. Para nosotros, orar es positivo, sumamente necesario para no sentirnos huérfanos. Esta necesidad de dirigirnos a él en conversación sincera la provoca el gusto que él pone en nosotros de querer andar en luz o en estar en la búsqueda de esa luz, no cualquier otra. Orar es una mezcla de miserias propias y la exploración de los misterios que Dios comparte con nosotros por pura voluntad de regalárnoslos.

En la oración somos nosotros los que recibimos, los que salimos más beneficiados, no Dios. Las siguientes citas lo expresan con claridad:

Dice A. Tornos (La oración bajo sospecha: una reflexión desde la idea de la identidad cristiana: Iglesia Viva, 152 (1991) 135): "Orar es un proceso en el cual nuestros deseos pertenecientes a la propia vida se hacen presentes, tal cual son (materiales, espirituales...), poniéndolos, tal cual son, en las manos de Dios, entregándolos a su voluntad, pero no negándolos". 

Y Dolores Aleixandre en el libro 10 Mujeres escriben teología, de EVD cita: "Es cierto que la oración puede sosegarnos y tranquilizarnos, pero donde realmente podemos discernir su autenticidad es en la capacidad que nos va dando para, en expresión ya clásica, cargar con la realidad, hacernos cargo y encargarnos de ella".


Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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