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La membresía de la iglesia

Una crítica al libro 'Edificando iglesias sanas', de Jonathan Leeman (IX Marks).

En esta ocasión me decido a dar una triste opinión sobre el libro de Jonathan Leeman titulado "La membresía de la iglesia, edificando iglesias sanas", pues realmente no sé qué pueden llegar a edificar sus páginas, más bien creo que intentan aislar, subyugar y esclavizar al creyente. Para ello, iré copiando algunos de los párrafos que negativamente más me han sorprendido al comprobar cuánto se alejan del evangelio que he aprendido en estos años de camino, observando el comportamiento de Jesús y su obra magistralmente compasiva hacia la humanidad. Hay libros y libros y con sinceridad digo que me habría gustado encontrar menos lecciones desagradables. Por supuesto, no puedo ponerlos todos porque sería lo mismo que copiar el manual entero. No obstante, como está en internet y es de descarga gratuita, vosotros mismos podréis echarle un vistazo e investigar si lo que escribo es cierto, si mi opinión sobre él va descaminada. En definitiva, no me parece que sus páginas estén recubiertas con la libertad que da Cristo y por tanto, con el evangelio de la gracia, sino, más bien, está impregnado de un fanatismo impresionante que nos llega a España desde tierras y costumbres extranjeras con intención de que nos instalemos en nuestros propios guetos eclesiales, bajo una autoridad humana suprema e intolerante que no mudará su modo de pensar.

Es este un libro que encaja en las mentes de aquellos dirigentes que buscan formar, no una iglesia, sino una secta. Obras como esta, paridas como churros por autores fundamentalistas, ahogan, esclavizan y apartan de Dios haciéndote creer con engatusamientos que te están acercando. Aquellas personas que desean formar parte de este modelo terminan renunciando a la liberación que nos trajo Jesús, pues hay líderes que, con poder humano, actúan por encima de él.


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Comienzo con unas líneas que aparecen en la introducción y hace referencia, a modo de crítica, a los creyentes que no se hacen miembros oficialmente de la congregación a la que asisten sin pararse a pensar cuál puede ser el motivo de tal decisión, porque motivos los hay, muy legítimos y muy aceptables y muy justificados.

Tampoco les parece mal que un cristiano pase los años recorriendo diferentes congregaciones o que decida asistir indefinidamente a una iglesia sin llegar a unirse a ella.

Cuando un cristiano pasa años recorriendo diferentes congregaciones es que todavía no ha encontrado su lugar y por alguna razón lo sigue buscando. No se aparta de la iglesia, no se va fuera de ella sino que sigue averiguando donde se encuentran cristianos comprometidos a los que puede ayudar y de quienes puede recibir ayuda, aportando cada cual su parte y trabajar juntos para la gloria de Dios. Ese cristiano que va de una iglesia a otra tiene inquietudes. Con mayor o mejor acierto busca el verdadero evangelio y quiere seguirlo. Anhela que le hablen de Jesús, quiere oír de él. Quiere desarrollar sus dones y siente que no hay lugar para él. Quien escribe este libro no se ha parado en pensar cuál puede ser el motivo de que existan cristianos que van de acá para allá buscando ese lugar donde sentir que forma parte. El problema, según el autor, está en el que deja de asistir o va a varios lugares de culto, no en lo que se fragua dentro de tal o cual congregación y los motivos que llevan al feligrés a salir de allí. En todo momento se da por sentado que los líderes (palabra que no me gusta usar de modo positivo) son perfectos, sin mácula y por eso no comprenden que algunos se les vayan de las manos. Aquí va otro párrafo:

Pero que sea Jesús quien tiene el imperio debería producir el efecto contrario en nuestro concepto de la iglesia local: debería aumentar nuestra valoración de ella. La iglesia local también es una servidora de Jesús y él le concedió una autoridad que tú y yo no tenemos como cristianos individuales.

Tal y como están muchas iglesias evangélicas en el tema del abuso de autoridad, he aquí un buen plato para consumir. Si la iglesia local está formada por miembros individuales, cristianos ellos, ¿cómo es que estos no tienen autoridad en el servicio a Jesús, ya sea de manera comunitaria como individual?, ¿cómo se pueden separar estos dos conceptos?, ¿quiénes son los que forman la iglesia local a la que se refiere?, y ¿quienes son entonces los que poseen la autoridad exclusiva? Al parecer, los integrantes se ven obligados a obedecer siempre lo que se les diga, sea lo que sea. Siguiente:

Si eres un cristiano que vive en un país occidental y demócrata, hay muchas posibilidades de que necesites cambiar tu manera de pensar acerca de la iglesia y de cómo te relacionas con ella. Es muy posible que minusvalores tu iglesia. Que la desprecies. Que la deformes de tal manera que también deformes tu cristianismo.

Ojo. Al parecer, los que vivimos en países democráticos tenemos la posibilidad de deformar el cristianismo, ¡Cuánto miedo hay a la democracia en los templos! ¿Quizá los que viven en países con dictadura tienen menos problemas porque están más acostumbrados a la obediencia autoritaria? ¿Está proponiendo el autor el modelo de dictadura en la iglesia? Creo que sí. ¿Fue ese el método que usó Jesús con los que le seguían? No, el que quiera ser el mayor, que sea el menor. Continuo:

(La iglesia local) No es una asociación benéfica donde la membresía es opcional. No es un grupo abierto de personas que comparten un interés en asuntos religiosos y que se reúnen semanalmente para hablar de lo trascendente.

No será una asociación benéfica pero bien que te exigen los diezmos y las ofrendas y el pago de gastos especiales y otras necesidades, y regalos para los dirigentes que gustan de viajes caros y lujosos, buenos hoteles y buenas comidas a costa de los miembros oficiales. Lo que quiere decirte es que, aunque para nada te convenza lo que se hace en tu iglesia, estás obligado a firmar el papel y a cumplir con las obligaciones sectarias que deciden los que te imponen la membresía. Otro párrafo:

Los cristianos participan de la Cena del Señor sin unirse a la iglesia. Los cristianos ven la Cena del Señor como una experiencia privada y mística apta para los cristianos y no como una actividad para los miembros de la iglesia que se han sumado a una vida colectiva con los demás miembros.

Eres cristiano pero, si no estás inscrito, no tendrías que participar en la Cena del Señor ya que actúas de manera privada, no tienes el mismo calibre que las personas que te rodean, eres cristiano de segunda o tercera. Es algo incongruente puesto que si estás allí, ya no es un acto privado. En fin, según el libro, hagas lo que hagas, creas en lo que creas, sólo un documento firmado puede permitirte la participación y la unión con el resto de hermanos. Es posible que con tanta insistencia lo único que se pretenda aquí sea tenerle bien cogido en asuntos económicos. ¿Imaginas a Jesús haciendo una lista de discípulos y otra de visitantes o simpatizantes? Otro párrafo:

Los cristianos toman decisiones importantes en su vida —trasladarse, aceptar un ascenso laboral, escoger una esposa, etc— sin considerar los efectos que esas decisiones traerán a la familia de amistades en la iglesia, o sin consultar la sabiduría de los pastores y de otros miembros de la congregación. Los cristianos compran casas o alquilan apartamentos sin apenas considerar que algunos factores —como la distancia y el costo— afectarán su disponibilidad para servir a su iglesia.

Que no se nos ocurra cambiar de barrio, ya que no somos dueños de nuestros gastos, para eso están los pastores, para llevarte la contabilidad, tu nómina es suya y la suya, suya también. Es más, si te mudas no podrán vigilarte ni llevar el control de tu tiempo. Tampoco puedes aceptar un ascenso, ese que te dará otra calidad de vida a ti y tu familia y que tanta falta os hace. Tienes que vegetar sin aspirar a nada, aunque estés preparado para ello. Ni siquiera enamorarte sin consultar "la sabiduría" (¿Todos los pastores son sabios y puestos por Dios?) de los pastores y miembros oficiales de la congregación. Tienes que dejarte llevar por la autoridad de quien gobierna ese local donde te reúnes, aunque nunca te pregunten tu opinión ni les interese tu estado espiritual, convéncete, no eres válido. Ya a estas alturas del libro, y sólo vamos comenzando, te estarás dando cuenta del interés que tiene el autor en que se firme la inscripción. Quieren que te entregues a la dirección absoluta de los hombres. Llegas a una iglesia y te subyugas al gusto del pastor y amigos circundantes. Él te dirá si esa chica es para ti o para otro, o para él mismo. ¿Imaginas a Jesús actuando así con sus discípulos? No, Juan, esta le va más a Fulano. Menganita, no te hagas novia de Zutano, mejor de Tutano que me es más dócil y engatusándolo a él, te tengo engatusada a ti bajo mi dominio. ¿Son estos los motivos principales del cristianismo, que alguien quiera imponerte la sumisión para doblegarte? ¿Existe tanta gente frustrada que para llevar a cabo sus fines se meten en las iglesias? No tendrán el gobierno de la nación, tampoco el mando sobre alguna empresa, pero sí el de una iglesia local y a ti mismo. ¿Qué decisión te queda por tomar libremente? Ninguna. No te dejarán ni la opción de cometer ya que son los dirigentes de tu congregación los que se equivocarán por ti.

En páginas posteriores el autor justificará que los miembros de la misma iglesia vivan cerca, que no se muden a ningún otro sitio aunque la casa sea mejor y los gastos menores. Aconsejan convivir en el mismo barrio que tus hermanos en la fe porque así puedes invitarlos a comer, comprarles el pan y llevárselo a casa y los chicos irán al mismo parque, jugarán juntos sin tener que integrarse con otros niños de la sociedad donde viven, y porque dice el autor que el mismo Jesús se sometió física y geográficamente cuando vino al mundo, ¡Sí, dejó el cielo!, escribe. Otra frase lapidaria:

Los cristianos no se unen a las iglesias; se someten a ellas.

¿Que anuncia este libro? Lo primero que Dios dio a Adán y Eva fue libertad, ya desde el principio les otorgó la libertad de poder decidir. Además, al atarte de esta manera elegida por el escritor, la iglesia local nunca podrá mejorar ya que los miembros no tendrán oportunidad de ejercer los dones que el Señor ha puesto en ellos. Te enseñan que el Espíritu Santo no habita en ti, habita entre los que quieren poseer tu libertad. Este deseo de sometimiento y más sometimiento no es otra cosa que anularte por completo. Si no fuera así no harían tanto hincapié en el concepto de autoridad.

Hablando de Pentecostés, de cuando los 120 estaban reunidos en el aposento alto y se convirtieron tres mil dice así:

tres mil nombres más son añadidos: Santiago, Lidia, Zebedeo, Prócoro, Jaime, Sancho, Alicia, etc (algunos nombres inventados para hacerlos más cercanos a nuestra época). Los discípulos cuentan el número y guardan un registro oficial. Ahora saben quién forma parte del grupo.

¿De verdad piensa que los números son exactos, que había gente tomando nota de los nombres para hacer un registro oficial? Me parece increíble que haya quien crea en la exactitud de las cifras bíblicas de este modo acérrimo en vez de pensar en una aproximación. Y, sobre todo, que fueron registrados, ¿para qué? ¿Para pedirles o para darles?

Los cristianos son responsables de someterse a sus líderes en particular. El autor de Hebreos escribe:"Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos".

Para que el creador de Hebreos escribiese algo así cabe suponer que estos eran buenos pastores pero ¡ay!, si este mismo autor levantase hoy la cabeza, ¿qué clase de dirigentes vería? El reconocimiento del débito de autoridad y sujeción es algo que el Señor pone en cada uno de nosotros. Reconocemos quien está tocado por el Señor, quien está ungido, quien le sirve y por eso nos sujetamos a esa persona, pero obedecer a alguien sin ton ni son es algo que no puede imponernos nadie, por muy líder que se sienta. Quien quiera honra que la gane. Otra perla más:

Hablando del gobierno expresa:

El presidente debe autorizarte oficialmente para poder representar sus decisiones. Ni siquiera sus más íntimos amigos o miembros de su familia hablan en nombre del presidente y se jactan de poder hacerlo. El riesgo es demasiado alto para cualquiera que se atreva a ello. Pues bien, aquí va otra pregunta: ¿Has hablado alguna vez en representación de Jesús y de su Reino? ¿Te ha autorizado alguien para representar las decisiones del Rey? Un poco más adelante, sobre este mismo tema, escribe: ¿Cuál es la moraleja? Que es igual de presuntuoso afirmar que tienes la autoridad de representar al Rey Jesús —el Hijo divino—, que afirmar que tienes la autoridad de representar al presidente de EE.UU.. Y más adelante: Básicamente, Jesús otorgó a los apóstoles esta clase de autoridad: la autoridad de colocarse frente a un confesante, considerar su confesión, considerar su vida y emitir un juicio oficial en nombre del cielo. ¿Es esta confesión verdadera? ¿Es este confesante sincero? Dicho en otras palabras: Los apóstoles tenían la autoridad celestial para declarar quién en la tierra era un ciudadano del Reino y, por tanto representaba al cielo.

Estas líneas me parecen de las más crueles. Siete veces aparece la palabra “autoridad” en alguno de sus significados. Aquello de id y predicar hasta los confines del mundo queda abolido por el autor del libro, no somos embajadores de Cristo en la tierra, no, para dar testimonio de lo que hemos visto y oído tenemos que esperar el pistoletazo de salida de un mandatario que no es Cristo. Para dar testimonio de la verdad, para hablar del Señor, debe haber alguien que te autorice, ¡o no! Sólo los apóstoles tienen poder (Pedro, las llaves, escribe él) para hacer juicio sobre ti, para salvarte o condenarte, para aceptarte o rechazarte o expulsarte. Queda anulada la obra liberadora y de redención de Cristo. Si no sabes convencer a los dirigentes de tu iglesia para que te permitan hablar de Dios, estás perdido. Siguiente:

¿Cómo puedes obedecer las palabras de Pedro: “Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros?” (1 P. 4:10) Sólo puedes cumplir todos estos mandamientos a través de la membresía en la iglesia local.

Aquí parece que quiere comenzar a darte permiso para ejercer tus dones, pero sólo si te has inscrito en una iglesia local y cumplir con los preceptos que esta te imponga porque si no los cumples no te aceptarán. Es evidente que en esta obra se doblega el poder del Espíritu Santo a una inscripción impresa. Si no lo haces, ni el Espíritu Santo ni tú podréis ejercer. Otra cosa, si no tienes oportunidad física de asistir a ninguna iglesia, ¿qué ocurre contigo?

Anteriormente he dicho que el miembro de la iglesia es un representante identificado de Jesús y voy a sostenerlo.

Esta prepotencia es de locos: ¿Jesús necesita tu inscripción para saber que ha muerto y resucitado por ti y si no te identificas por escrito?, malo, malo.

Por cierto, algunos de los mejores ancianos no contratados en la iglesia no son los hombres que ascienden en la escalera profesional, sino aquellos que están dispuestos a descender por el beneficio de la iglesia.

Deduzco que el autor reconoce dos tipos de ancianos, unos contratados y otros no. Con los contratados no se mete. Los no contratados son los llamados a no ascender en la escala eclesial, así que siempre quedarán bajo la autoridad de los contratados. (Haga el favor de poner atención en la primera cláusula porque es muy importante. Dice que... la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte). Cuanto menos aspires a superarte más te dejarás manejar, eso es lo que interesa.

Nos describe también como en una iglesia había un inmigrante, alguien llamado Mono que decidió quedarse en América a hacer su vida. Finalmente la iglesia le excomulgó por no haber dicho desde el principio cuál era su situación, no tenía papeles. Le retiraron la membresía y le invitaron a marcharse. Una muestra de lo que no hay que hacer con los desvalidos, los sin papeles. Así, dice el escritor, la congregación demostró su amor a Mono.

Termino. Considero que este libro está repleto de un burdo chantaje autoritario, que hay párrafos nocivos para el espíritu, consejos duros y declaraciones esclavizantes. Utiliza textos bíblicos que favorecen vilmente al servilismo hacia los pastores, su sueldo, el doble honor que dicen merecer, exigen nuestra boca cerrada y nuestra actitud de marioneta pasiva. Poco Jesús y poco evangelio veo en sus páginas.

Con toda pomposidad nos llegan pastores convencidos de estos conceptos erróneos y obligan a las personas que asisten a la iglesia a obedecerles. Confieso que yo, como cristiana, no perteneceré a ningún lugar donde se impongan estas exigencias, donde se baje a Jesús del trono para sentar a los hombres.

 

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Isabel Pavón.
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