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La mantenida


Saturada de tiempo y telarañas, aquí me hallo, en alto, como quien goza de poder para dominar la raza humana.

No sé, quizás,  posiblemente usted sepa más de mí que yo misma  y conozca, por tanto, que fui creada para cubrir la necesidad de las almas espiritualmente invidentes. Esas que, por unas cuantas monedas, creen conquistar mi gracia y mis favores.

Con diversos sacrificios a modo de promesas anhelan la concesión de sus plegarias. No permitirían mi descanso en caso de que lo necesitase, pues intentan desvelar mi sueño a todas horas. Estoy, sí, no obstante, ni dormida ni despierta. Ni veo, ni escucho, ni contesto. Ni siento ni padezco. Quien me talla elige mi sexo y mi grosura. Pone dulzura o dolor en mis gestos, vuelve mis párpados al cielo o los cierra.

La mantenida

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En su desesperación, mis súbditos desean que les mire a través de la sequedad barnizada de la niña de mis ojos. Esperan que mueva alguno de mis delicados dedos en su socorro y, para ello, con rezos, lágrimas, dinero, flores o intentando embriagarme con cirios perfumados me sobornan. Toda mirada que recibo me regala un chantaje. ¡Son tan orgullosos al imaginar que están comprando mis mercedes!... Así, a posteriori, no tendrán que agradecerme nada. De tal manera piensan.

De vez en cuando, muy contentos, me sacan de paseo. Me visten de gala.  Cargan mi peso sobre sus hombros como, de igual modo, cargan a sus muertos.  Me adornan los costados con ramos nacidos de modo artificial en invernaderos... Balancean mi figura para simular andares que no profeso.

Más yo, ni necesito ceremonias, ni hago uso de ninguna de sus donaciones. Con la nada me sostengo. Son los audaces quienes aprovechan la oscuridad para robar los presentes que depositan al borde de mi falda. Yo les dejo, ¿qué otra cosa puedo hacer?

Cuento con la ceguera de todo el que a mí con desenfocada fe se acerca, de aquellos que, en su ignorancia, me otorgan el poder que no poseo. Me aman. Me adoran. Y me piden con tal de no ser responsables de sus actos. Fieros me entregan sus vidas sin pensarlo. Al fin y al cabo, soy negligente, pues no les pongo contra. Nunca objeto nada. Entran, salen. Van, vienen...

 Mi presencia a nada compromete, con toda probabilidad usted lo sabe. Me dejan y me toman cuando quieren.  

Represento un símbolo, la figura de algún personaje, por lo tanto, a mí no hay quien me conmueva, no corre sabia alguna en mi interior. No soy Dios. Soy un objeto inanimado. Estoy muerta, bien muerta, y desde lo absurdo me expreso ante usted.

Señora, caballero, ustedes me conocen. Soy la imagen creada para beneplácito de discípulos obsesionados con milagros que, usando mi figura, exponen a la venta. Soy, por los siglos de los siglos, la mantenida de todos mis adictos. Una vasta generación apoyada y alimentada por los poderosos que manipulan la superstición y desorientan las masas religiosas.

Soy la imagen venerada.



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Isabel Pavón.
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