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La habitación cerrada


¿Por qué tuve que abrir esta puerta? Fueron las primeras palabras que vinieron a su mente.

Aquella noche, Lucía había tenido un sueño extraño. Conducida por él llegó a un país hispanoamericano desprovisto de nombre. Formaba parte de un grupo de turistas que disfrutaba de unas anheladas vacaciones. Caminaba por una calle larga mientras el sol iluminaba la mañana.

Acompañados por un guía, entraron a un edificio. Subieron varias plantas y entraron a unas dependencias con diferentes oficinas.  El guía de aquel sueño, les informaba que todo aquello era de interés turístico. Sin embargo, pasó por alto una de aquellas estancias cuya puerta se hallaba cerrada. Lucía se sorprendió al verse retroceder, y abrir a escondidas aquella puerta.  

Era una habitación alargada y estrecha; ligeramente iluminada por cristales nublados. Pudo observar un grupo de niñas y mujeres, de piel morena, trabajando. Desenredaban largas madejas de hilo. Un poco raro ¿verdad? Pero los sueños mandan. Todas, en silencio miraban al frente, donde su patrona las vigilaba.

La habitación cerrada

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Lucía notó que allí ocurría algo extraño, y la inquietud comenzó a danzarle dentro de su pecho. Parecía, además, que no tenían libertad para entrar o salir de allí. ¡Estaban encerradas! Entonces comprendió que se trataba de una empresa clandestina, donde se las explotaba.

Una de aquellas niñas, de unos diez años, mal vestida y desnutrida, con su madeja en la mano, se acercó a ella para decirle: “¡ayúdeme, ayúdeme por favor, sáqueme de aquí, se lo suplico, sáqueme!”

Lucía se sintió sobrecogida al oír la voz. Al ver como aquellas pupilas negras se clavaban en sus ojos, rogando. ¡Cómo dolía! El miedo la hizo vulnerable. Sabía que no podía hacer caso a aquella súplica. No podía sacarla de allí sin más. Además, el grupo que viajaba con ella la delataría si intentaba hacer algo fuera de lo normal.

 ¿Por qué tuve que abrir esta puerta? Fueron las primeras palabras que vinieron a su mente . Realmente, Lucía no tenía lugar donde esconderla. No tenía documentación para sacarla del país. Tampoco podía raptarla... Tan cobarde se sintió, que para salir del paso le dijo:  “Oraré por ti al Señor, no te preocupes, voy a pedir que el Señor te bendiga”. 

Al oír su respuesta, la pequeña agachó la cabeza, y mientras volvía al lugar que ocupaba, para seguir trabajando, le contestó, con la sonrisa amarga que produce el desencanto:  “ Eso ya me lo han dicho otros”. 

 ¿Cuántas veces, estando despiertos actuamos así con las necesidades de los que están lejos? ¿Cuántas damos la espalda a los que están cerca? ¿Cuántas veces la frase “El Señor te bendiga” o “Voy a orar por ti” sirve para excusarnos?

Recuerda:
 Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mi...  
 ...Y el Rey responderá y les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis.”  Mateo 25: 35-40.


(*) Colosenses 2:4


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Isabel Pavón.
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