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Gripe A-terradora

Lo cuento ahora porque antes no he podido. Me daba vergüenza. Hace unas semanas me encontré en el supermercado con una señora que, acercándose me dijo al oído:

—Yo que tú, cargaría el carro a tope antes de que te quedes sin nada y saldría corriendo para la casa.

Era una amiga. La reconocí por el lunar en la frente ya que tenía una mascarilla que le tapaba la cara. Al pronto la había confundido con una médica acabadita de salir del quirófano pues, para más inri, iba de verde tristón. La imaginación (soy adicta a las ensoñaciones) se me llenó de escenas en ese momento. Me vi sudorosa por los pasillos de la tienda... Vi el carrito rebosando de alimentos... Me vi con las bolsas corriendo cuesta arriba...Y le pregunté:

—¿Y tiene que ser corriendo, alma de cántaro?

—¡Volando!, tiene que ser volando. La gripe porcina ya está aquí. Es peligrosísima de la muerte. Decían que del cerdo hasta los andares y fíjate, andando, andando desde México, lo que nos ha traído. Compra lo que pueda, enciérrate y no asomes fuera absolutamente para nada la nariz –entonces entendí que en la nariz estaba el verdadero peligro–. Dicen que lo mejor es enclaustrarse hasta que todo pase. Hazme caso.

Me guiñó un ojo antes de quitarse la mascarilla para darme un beso. Avanzó hasta la fila de cajas empujando el container que llevaba, se volvió hacia mí, hizo ademán de que guardara silencio llevándose el índice a la boca y me dijo adiós con la mano. Yo puse las mías sobre el corazón para que se quedara tranquila de que le guardaría el secreto, ¡vaya secreto!

Me perdí entre la multitud dispuesta a seguir su consejo. Una amiga es una amiga, como un tesoro es un tesoro.
Sin ton ni son cargué cuanto pude antes de que otros consumidores se  me adelantaran. 15 minutos más tarde, me encontraba esperando turno y dando gracias a Dios por la Visa que acababa de renovarme. Respiré hondo varias veces y, seguramente por la abundancia de oxígeno que me entraba por la nariz (tenía justo encima de la cabeza las rejillas del aire acondicionado), tuve otra visión:

Ya me hallaba en casa, hipnotizada frente a la despensa llena. Tenía cerradas, a cal y canto, todas las puertas y ventanas. No sé que querrá decir eso de “a cal y canto”, pero se dice. Es más, se entiende. Estaba más sola que la una. Sin personas. Sin sol. Sin aire. Y lo peor de todo, me veía obligada a estar sentada horas y horas ante el televisor esperando que la alarma de la gripe A-terradora se esfumara.

Señor del gran poder, ¡qué agonía pasé durante el trance!

Cuando, en mi desesperada visualización, estaba a punto de desmayarme, oí una voz que venía como del cielo:

—Buenos días, señora cliente.

Eran palabras de la cajera que me devolvía a la realidad. Sentí como si hiciera siglos que nadie hablaba conmigo.

La miré fijamente. Luego miré el carro. Luego la miré de nuevo. Me dieron ganas de llorar y abrazarla pero me contuve y, en lugar de eso, cogí una de las bolsa de coles de Bruselas congeladas que llevaba y me la puse en la frente. Nunca me han gustado las coles de Bruselas. Con la otra mano, eché el carro marcha atrás, poco a poco, como para que mi maniobra no se notara demasiado y le dije a la muchacha:

—Enseguida vuelvo. He olvidado algo.

Efectivamente, en algún stand había olvidado la sensatez. Coloqué en su sitio todo lo que no me hacía falta para llevarme nada más que lo necesario, como tengo por costumbre.

Al llegar a casa, abrí las ventanas. El sol inundó mi espacio, mi nido, mis huecos oscuros dentro del alma. La paz del Señor se adueñó de mí. Puse música de fondo, una mezcla de cantos de pájaros con lluvia suave. Sentí que la vida regresaba a mi cuerpo y grité al aire: —¡Aquí estoy! ¡A ver quien es el cerdo que se atreve!


Publicación en otros medios:

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Isabel Pavón.
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