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   La cara, ¿espejo del alma?

(Trasplantes modernos)

Según las últimas noticias, Sanidad aprueba los dos primeros transplantes de cara en España en pacientes jóvenes con alteraciones funcionales graves en el rostro.

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Sin embargo, los familiares de los fallecidos se sienten retraídos a donar las caras de sus seres perdidos. Es normal. Si estando vivos no nos da tiempo a concienciarnos de la sana costumbre de dar la cara en todo, ¿qué razón habría para hacerlo, estando muerto, en cuerpo ajeno?

Otra cosa es donar un riñón, un hígado, el corazón, la médula, un dedo... ¡Pero..., la cara!, señores y señoras, es otro cantar mucho más comprometido.

El refrán “La cara es el espejo del alma”, dejará de ser efectivo a partir de ahora. Imagínese un trasplantado, ya repuesto, en una manifestación multitudinaria de izquierdas con una bandera en la mano y una trompeta en la boca de una cara que en vida fue de derechas...

Imagínese que el difunto no fue capaz de matar una mosca y trasplantan sus facciones a un criminal que se destrozó las suyas al intentar poner una bomba al prójimo...

Imagínese que la persona más generosa del mundo muere y su rostro pasa a ser la cara más dura que existe...

Imagínese alguien cuya vida pasó completamente anónima y su fisonomía llega a pertenecer a alguien, conocido por todos, con más cara que espalda...

Imagínese esos labios que jamás osaron pronunciar una palabra fea formando parte de todo un repertorio escandaloso...

¿No es todo un insulto para el verdadero dueño y su familia? La frase más apropiada sería: ¡Quién te ha visto y quien te ve!

Imagínese también todo lo contrario en los casos que he apuntado. Rostros de personas non gratas, sobreviviendo en cuerpos de personas encantadoras. ¿No es motivo suficiente para volverse loco? Ya, ya saldrán películas de terror con todo esto, acuérdese de lo que le digo porque ganaran Óscars.

Para que no nos alteremos, los especialistas dicen que la piel se adapta al trasplantado como un guante (¡qué expresión!), que son ínfimos los motivos para parecerse al difunto. Eso se verá, todavía no se han dado suficientes casos. Lo mismo en el futuro nos encontramos con alguien y sentimos una sensación rara, un repelús, una corazonada extraña que nos obliga a decir: ¡Oiga, su cara me suena!

Pronto habrá que dejar bien claro en los testamentos si el firmante da permiso para que su aspecto siga presente entre los vivos, hablando sin su permiso, tomando decisiones sin consultarle, riéndose de cosas de las que antes no se reía, guiñando como cómplice un párpado...

Lo mejor, según mi parecer y con todos mis respetos, para evitar este tipo de problemas es dar la cara en vida ante nuestros actos. Vivir con lealtad nuestros principios. Desarrollarnos como personas dignas. Así, creo yo, irá desapareciendo ese temorcillo a dejar nuestro sello de identidad, nuestra imagen aquí cuando nos hayamos ido.

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Protestante Digital


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Isabel Pavón.
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