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La Cámara oculta


Unos padres de Pennsylvania denuncian el colegio de su hijo al darse cuenta  que estaba siendo espiado a través del ordenador portátil que le prestó el centro. Los responsables intentan justificarse como buenamente pueden diciendo que ya han desconectado las cámaras. Sin embargo, parece que las excusas no han sido suficientes para los 1800 estudiantes que disfrutaban del préstamo.

¿Se imaginan ustedes las incontrolables ganas que hay de controlar?

Como es normal, este desengaño ha generado inseguridad en el alumnado, algo que no va a desaparecer así como así. El daño está hecho y la confianza, rota. ¿Creen que las víctimas volverán a sentarse frente al ordenador con la misma inocencia de antes? Más bien no. Han quedado marcados por los servicios secretos de espionaje de sus tutores y, cada día, al ponerlo en marcha tendrán las mismas dudas, las constantes sospechas...

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Los denunciados argumentan que las cámaras se habían instalado para evitar robos (quien indaga en la vida de los demás suele poner como pretexto alguna razón aparentemente lógica, aunque sea inventada). Me pregunto, ¿qué es más grave, robar un portátil o meter cámaras ocultas en una vivienda? No tengo respuesta porque no soy jueza.

Mañana, yo misma puedo ir tan tranquila al super a por manzanas. Regreso a casa, las coloco sobre la encimera y, como estoy contenta, me da por imitar a Pitingo. No soy consciente de que, a un kilómetro de distancia, me están escuchando por los altavoces del local y, a mi costa, se están partiendo de risa. Estaré haciendo el ridículo un buen rato, hasta que coja una manzana y, entre quejío y quejío, me la coma. Será entonces cuando, al llegar al corazón, note algo raro. Es una cámara instalada entre las semillas.

Lo peor de todo es que, aunque me están viendo, yo todavía no sé lo que estoy viendo, valga la redundancia. No entiendo de electrónica. Al intentar averiguar qué es esa cosa rara, me topo con un ojo saltón, el del encargado de sección de fruta. Me está espiando. Quien sabe si la excusa que me da es que puso ahí la cámara para saber si marcaba correctamente en la balanza Golden o Reineta del Bierzo, o cambiaba los precios a mi favor.

Sin esperarlo (si lo esperáramos no pasaría), espías disfrazados de buena voluntad se nos cuelan en la vida de una manera u otra e investigan nuestros actos. No tienen bastante con sus quehaceres sino que buscan tiempo para entrar de puntillas, a escondidas en casa ajena, empapándose de los defectos. Virtudes pocas, seamos sinceros.
La confianza, una vez perdida, no hay manera de encontrarla.

En la amistad, por ejemplo, el sentimiento de desengaño llega a romper cualquier lazo. También es cierto que, pasado un tiempo, no queda ni pena ni gloria de todo aquello, sólo un raro sabor de boca al recordar que, durante un período, te entregaste por entera a alguien que no supo apreciar el valor de lo que le concedías, pues supo de tus intimidades y las fue sacando a la luz pública. Metió las narices con la única razón de saber lo que hacías o dejabas de hacer, de desprestigiarte y hacerte daño.

En ocasiones, para preservar esa intimidad que necesitamos, nos predisponemos a cerrar todas las rendijas, a dar una imagen falsa de nosotros mismos con tal de protegernos.

La vida es así. Lo sabemos. A estas alturas estamos curados de espanto.

Por otro lado, debemos admitir que hay personas de intenciones limpias, llenas de defectos pero con sanos propósitos, que no se marcan como objetivo hacer daño a nadie ni observar o vender intimidades, ya sea para obtener prestigio, favores, o lo que sea.

Barriendo para casa, lo mejor de todo es que aquí, en España, aunque el notebook ya circula en los colegios en las mismas proporciones que las motitas de polvo en el aire, estoy convencida de que el profesorado tiene otra cosa mejor que hacer fuera del horario de clases. Nuestros vástagos disfrutan de su intimidad. Al menos de momento.

Noticia:

http://www.20minutos.es/noticia/634138/0/camaras/portatiles/escuela/


Publicación en otros medios:

Mujer de hoy

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Isabel Pavón.
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