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Hipocresía pura y dura

El ser humano observante de aquella desgracia vecinal, hubiera preferido que aquella familia jamás hubiese levantado la cabeza.

¿Quién no ha presenciado historias de esta alguna vez? Posiblemente todos hemos formado parte:

Mientras Irene esperaba para comprar haciendo cola en la verdulería, oyó una conversación que se había enfrascado entre varias vecinas, resultando que Manuel, el vecino del cuarto, se había quedado sin trabajo. El matrimonio tenía tres hijos pequeños, de tres, cinco y siete años. Su mujer era ama de casa y si llevaba a los chicos a la guardería para poder buscar trabajo mientras los cuidaban allí, se encontraba con que no podía pagar tanto y sin tener que hacer muchas cuentas supo que lo mejor era que se quedaba ella misma cuidándolos, pero así tampoco aportaba ningún ingreso en metálico. Era la pescadilla que se mordía la cola.


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Las vecinas estaban muy apenadas al enterarse de la situación en la que se encontraba esta familia y se desahogaban comentando con tono lastimero:  “Pobrecillos, con lo buena gente que son”. “Ahora los niños van a sufrir de veras, los que menos lo merecen”. “La mujer tendrá que buscar algo, un trabajo donde sea”. “Los problemas se presentan siempre sin avisar y luego no se van”. “Qué dura es la vida, madre, que dura es”. “Que más quisiera yo que poder ayudarles pero... una tiene bastante con lo suyo”.

Y cada vez que algún conocido se cruzaba con Manuel o su esposa, con caras de compungidos les daban las condolencias con palmadas en la espalda y le decían: “Si necesitáis algo, ya sabéis donde encontrarnos” – decían deseando en lo más profundo de sus corazones que esto no ocurriera.

A los tres meses y dos semanas más, el padre de familia, Manuel, por fin encontró un empleo con mayores beneficios que en el anterior. Dios no les dejó desamparados. En la vecindad de nuevo se les volvía a ver felices.

Entonces Irene, que se encontraba siempre en el momento justo en el lugar oportuno, escuchó salir de aquellas mismas bocas nuevos comentarios enrabiados:

“¿Te has dado cuenta de que parecen otros?”. "Se les ha subido el dinero a la cabeza". “La gente tiene una suerte...”. “¿Has visto que pronto han cambiado el vestuario?”. “Creo que se han metido en comprar un coche nuevo”. “La ropa de los niños es de marca”. “Si yo fuera él, no tentaría la suerte de esa manera y andaría con más cuidado, no quizás con tanto gasto se vuelva a ver en la misma ruina de antes..”.

Sabemos que en la cruda y profunda realidad interior, el ser humano observante de aquella desgracia vecinal, hubiera preferido que aquella familia jamás hubiese levantado la cabeza.

Con el alegre, alegrémonos de verdad, con el triste que nuestras lágrimas no sean de cocodrilo, y en caso de duda, lo mejor es callarse y solo y siempre alegrarse de lo bueno que le pase al prójimo. 

 

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Isabel Pavón.
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