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Hacia el abrazo


(basado en Lucas 15:11-32)

“Y cómo nos escuece la conciencia
al desterrar nuestra raíces,
y encontramos tan sólo
el aburrido pacto con la nada”  Milagros Salvador

La hija perdida medita e inicia el regreso hacia el hogar. Su alma inquieta necesitaba conocer nuevos horizontes y decidió, henchida de sueños, emprender la marcha. Hasta entonces, lo había sabido de oídas: Más allá del hogar familiar se abría otro mundo donde los pasos eran sugestivamente ligeros. La necesidad de investigar otros espacios pudo más que su amor y su condición de hija.

La desconocida amplitud exterior le inauguraba los ojos. Nadie de su entorno parecía apreciar lo mismo. No lo entendía. Lo maravilloso estaba lejos, ¿cómo no podían comprenderlo?

Y se fue.

Se fue calzando en sus pies una nueva esperanza. Conforme se alejaba de la casa materna, sus alas iban desplegándose hacia la libertad. ¡Qué atrayente le parecía todo!, ¡cuántas ganas de disfrutar llevaba!


2

   

Pero antes, su corazón rebelde reclamó la herencia que, según ella, le pertenecía. Su madre no opuso resistencia y de buena voluntad le entregó su parte. Le despejó la salida de lo que, para ella, era una jaula de oro. Sin embargo, intuyendo el futuro, dejó la entrada, de par en par abierta.

Con el paso del tiempo, en su alma fue brotando la miseria humana. Se convirtió en trashumante de apartados lugares. Entraba en ellos a galope, llegando hasta el mismísimo centro.

Luego, los días se hicieron oscuros y estrenó soledades. Con la culpa en sus ojos decidió ordenar su pensar. Reconoció que estaba perdida y eso le escoció en el alma de veras. No tenía donde afianzarse. Ante ella, la vida entera comenzó a desfilar. Inclinó su rostro y las piedras que se hallaban junto a su calzado acabaron humedeciéndose.

¿Hacia dónde la había conducido aquella decisión de vivir apartada? ¿Por qué lo había hecho? Las razones que en su momento fueron de peso, flotaban ahora en el aire antes de esfumarse por completo.

Supo que para desandar el camino no había otra forma que descalzarse de orgullo. Sentir el regreso en las piernas, paso a paso. Para que se diera el encuentro con los suyos, tendría que desnudarse por dentro. Para abrazar a su madre sería indispensable vaciar sus manos. Para besarla, permanecer callada. Para lograr revivir, haber muerto. Para recibir su amor, rendirse entera.

Regresar es volver al origen con las alas plegadas, con el único fin de calmar las heridas dejándose amar. Regresar es volver inerme. Avanzar sólo por hambre de estrechar quereres.

Poner sus pensamientos en orden le hizo más fácil el sendero, la búsqueda del perdón. Notaba que el cariño antes despreciado se le acercaba.

Y si, al verla, su madre le preguntaba por qué volvía, no sabría darle una razón concreta. Quizás su respuesta sería silenciosa.

Las dudas continuaban llegando. El temor paralizaba sus pasos. No obstante, tenía claro que debía proseguir. Caminar hacia delante le permitía comprobar como cada tramo la alejaba más y más del pasado tenebroso donde había estado instalada. Meditaba.

Marché con corazón de hierro,
con frágil cuerpo de arcilla regreso.
Herida y avergonzada.

Ahora sabía que su destino había sido su propio origen: el amor de su madre. Siempre. ¡El lugar al que volver era ella! Su meta. De su vientre había partido y a su regazo quería volver.

Con el oído atento, obedecía la voz que, poco a poco, se acerca, que en lo profundo de su ser le susurraba sin cesar.

Vuelve, hija mía
soy yo quien te espera.

Y seguía meditando.

¿Será ella, de verdad, quien me habla,
quién a mis raíces me regresa,
quién me pide que vuelva?
Mi madre, ¿en la distancia me llama?
¿Trata de encontrarme?

Recientemente la voz del amor maternal le hablaba en secreto. A veces, al alba. A veces, al anochecer le gritaba cerca. Oía a la par otras voces que de agonía y angustia, de muerte y condena, sujetaban su ánimo con cadenas regias.

No era nadie. Lo sabía. El miedo, como pájaro mensajero que iba y venía, se elevaba y descendía, suspendía su plumaje enganchado a la rama de su conciencia y pedía ser su dueño. Habitar en ella, eterno.

Calculó su estrategia. Se ofrecería para trabajar como una más de sus siervas. Ganaría su propio sustento. ¡Ese sería el castigo que ella misma me impondría por hacer lo que había hecho!

Se efectuaba múltiples preguntas.

¿Se hará posible mi deseo?
¿Alcanzará mi madre a entenderme?
¿Será mi culpa justificada?

Permaneció caminando.

Sabía lo que no merecía: Anillo de pacto, calzado, y vestido nuevo. Su caricia de aliento.

Sabía que en su madre estaba lo que de verdad quería: Mirarse en sus ojos. Aprender de ella.

Al llegar, halló la puerta abierta. Una silueta de mujer vieja corría hacia ella. Su corazón notaba a cada momento que cuanto más se acercaba, más atraída por su bienvenida de amor se encontraba.

No existieron palabras. Sus bocas sonrieron. Se produjo el abrazo.



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Isabel Pavón.
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