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Flúor en el cerebro


Naresh, un joven indio de 14 años, vive atado a un árbol. Imagino que en más de una ocasión, a pesar de las apariencias, ha intentado escapar. Acaso, en su edad adolescente, busca una salida a su opresión. O sea, que al muchacho le queda dignidad y no quiere vivir de esta manera. Hay todo un mundo de posibilidades allá fuera, lejos de la esclavitud. ¿Será esa la causa de su querer desligarse de tan indigna sujeción?

Dada su enfermedad endémica, fluorosis, no parece que el muchacho pueda salir corriendo. Sin embargo, porque el flúor seguramente no le ha llegado al cerebro todavía, tiene amor propio.

Narra la noticia que el caso de Naresh no es el único, que existen más enfermos cautivos en esas circunstancias. La situación me hace pensar en la indefensión de tantas criaturas. En la falta de decisión que existe en las personas que, a su alrededor, observan pasivamente haciéndose cómplices del delito.


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Deduzco que el flúor no es tan bueno como pensamos aquí, ya ven, su exceso provoca enfermedades en los huesos, y nosotros aquí tan tranquilos, dejando que nos lo pongan hasta en los dientes. Quizás esa sea la razón por la que, en zonas menos pobres como la nuestra, también existan infinidad de ataduras a las que nos exponemos. Unas son visibles. Ataduras que no dejan lugar a dudas.

No obstante, en el lado oscuro también florecen otras, menos evidentes, por ejemplo, la cuerda de la autoridad mal enfocada: usted me dice lo que tengo que hacer y yo obedezco sin pensar. La cuerda de las confidencias: tu y yo tenemos que estar atados de por vida porque ambos sabemos más de la cuenta del otro. La soga de la necesidad de llenarse de orgullo: lléname de piropos y seré tuyo. La cuerda de la lealtad indebida. El lazo de un compromiso adquirido que, ya sin sentido, sigo realizando. El lazo del qué dirán...

La peor atadura que puede sufrir el ser humano está en la cuerda del miedo, pues ata voluntades propias a voluntades ajenas. El miedo paraliza los miembros. El miedo paraliza las conciencias. El miedo debilita las almas de tal manera que enferman gravemente. Algunas mueren.

Hasta ahora, me había fijado en las consecuencias que traen las cadenas, pero no me había parado a pensar en la causa. Estos días me vengo preguntando si este miedo que se instala en los cerebros, esclavizándolos, e impide a muchos seres humanos huir, estará infectado de fluorosis. No me lo puedo quitar de la cabeza. Por si acaso, recomiendo que, antes de usar cualquier producto, miremos la composición. ¡Cuidado con la sustancia! Pero..., y repito, pero, si vemos que ya estamos infectados busquemos sanación en Jesús. El antídoto, el remedio contra la enfermedad de las vanas sujeciones es Cristo.

El mismo nos lo hizo saber de forma clara, sin inseguridades, con total valentía, ante la mirada de todos los que había presentes:

Jesús fue a Nazaret, al pueblo donde se había criado. Un sábado entró en la sinagoga, como era su costumbre, y se puso en pie para leer las Escrituras. Le dieron a leer el libro del profeta Isaías, y al abrirlo encontró el lugar donde estaba escrito:
“El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado
para llevar la buena noticia a los pobres;
me ha enviado a anunciar libertad a los presos
y a dar vista a los ciegos;
a poner en libertad a los oprimidos;
a anunciar el año favorable del Señor.”

Luego Jesús cerró el libro, lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó. Todos los presentes le miraban atentamente. Él comenzó a hablar, diciendo: Hoy mismo se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros. Lucas 4,16-21

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Isabel Pavón.
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