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Felices los que predican a Cristo


Felices los que predican sobre Jesús porque han tenido tal encuentro vivo y personal con él que no pueden esconder este hecho.



No quiero decir que la predicación de nuestra Iglesia no sea ya palabra de Dios. ¡Pero cuántas resonancias impuras, cuántas leyes humanas y duras, cuántas esperanzas y consuelos falsos turban aún la palabra límpida de Jesús y dificultan la auténtica decisión".

Tomado de la introducción de El precio de la gracia, El seguimiento, de Dietrich Bonhoeffer.

Felices los que predican sobre Jesús porque ellos dan a conocer con prontitud sencilla el Reino de Dios.


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Felices los que ponen al Maestro como el centro de sus predicaciones, por encima de Pablo, de Pedro, de Juan, de cualquier otro personaje, de cualquier libro o carta.

Felices los que predican sobre Jesús y aceptan como propia la paja en el ojo ajeno como primer motivo para aceptarlos, para aceptar como propia la viga que albergan en sus propios ojos.

Felices los que al predicar no muestran envidia, los que al hablar no usan las palabras mostrando frustración, los que aman.

Felices los que predican sobre Jesús porque han tenido tal encuentro vivo y personal con él que no pueden esconder este hecho, pues le han puesto como rey en el trono de sus vidas, en el centro del enamoramiento de sus sueños.

Felices los que predican sobre de las maneras de Jesús y no de las suyas propias, ni de sus ambiciones propias, ni sobre las propias de su cónyuge, ni sobre las propias de sus hijos.

Felices los que colocan en sus labios las palabras del Señor y las muestran con toda alegría y dulzura, compartiéndolas como medicina libertadora.

Felices los que, a pesar de todo, sin avergonzarse, participan con los demás en los momentos en que la risa y el llanto se hacen presentes con total sencillez y humanidad.

Felices los que no se dejan convencer por otros para predicar extrañas doctrinas sino que reproducen la vida del Señor de manera sencilla para que todos la entiendan.

Felices los que sin rivalidad exhortan con palabras buenas, como hacía Jesús con quienes le seguían.

Felices los que dan mensajes de esperanza teniendo el pensamiento lejos, muy lejos de recibir algo a cambio.

Felices los que predican con prudencia porque saben que todo está en manos de Dios y no en las suyas.

Felices los que alientan con la fuerza que transmite el Señor cuando hay que levantarse después de las caídas, en vez de humillar y someter y retorcer y ejecutar.

Hermanos y hermanas, no hemos de esperar la resurrección de los muertos para alimentarnos de felicidad. Desde nuestro nacimiento hemos sido creados para sustentarnos de ella.

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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