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Eva, Adán y Baltasar Garzón


Hoy, una vez más, está abiertamente presente en nuestra sociedad el lamento escrito en el libro de Isaías 5, 20-21, 23.

¡Ay de vosotros, que llamáis bueno a lo malo,
y malo a lo bueno;
que convertís la luz en oscuridad,
y la oscuridad en luz;
que convertís lo amargo en dulce,
y lo dulce en amargo!
¡Ay de vosotros, que os creéis sabios
y os tenéis por inteligentes!
Vosotros, que por dinero declaráis inocente al culpable
y desconocéis los derechos del inocente


Todos sabemos lo que ocurre con Baltasar Garzón. Para mí es un hombre que lucha para hacer vencer la justicia. Trabaja contracorriente ya que son muchos los que están impidiendo que logre su objetivo. Pienso que si esto le pasa a una persona de tal categoría, qué podemos esperar los demás.


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¡Resulta tan característico querer tapar de una vez y para siempre las malas acciones!

Todos los que hacen lo malo odian la luz, y no se acercan a ella para que no se descubra lo que están haciendo. Pero los que viven conforme a la verdad, se acercan a la luz para que se vea que sus acciones están de acuerdo con la voluntad de Dios. Jn 3, 20-21.

Desde que el mundo es mundo, las cosas han cambiado muy poco. El ser humano es, ante la verdad y la justicia, cobarde por naturaleza. Tenemos la historia de Adán y Eva en el Edén. Hicieron lo que no agradaba a Dios e intentaron recubrirlo y, al hacerlo, descubrieron su propia desnudez. Se sintieron confusos. Para tapar su culpa quisieron engañar a su Creador. Para no asumir responsabilidades, cubrieron su vergüenza con unas insulsas hojas y a partir de ahí, se les acabó lo bueno. Hemos heredado esa manera de actuar.

Lucha la injusticia salvajemente en su guarida. Oculta la cabeza y el resto de su cuerpo en la negrura. Tapa, miente, inculpa con tal de ganar la batalla contra la justicia, desfavorecida a todas luces por los poderosos.

Pero la iniquidad se encuentra siempre con el grave problema de la luz.

...pero cuando la luz pone todas las cosas al descubierto, quedan en claro, porque la luz lo descubre todo. Ef. 5, 13-14.

Y, además, tropieza con una grave advertencia que va a favor de los que están siendo tratados inmerecidamente:

De la misma manera, no hay nada escondido que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a ponerse en claro. Los que tienen oídos, oigan. Mc 4, 22-23


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Isabel Pavón.
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