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Esto en mi iglesia no pasa



¿Qué clase de cristianismo vivo si sólo me preocupa lo que pasa en “mi iglesia”? ¿Qué hay de “la Iglesia”?


Es esta terrible indiferencia por el hermano en dificultades, no sólo materiales, la que deja librados a muchos a la explotación, la corrupción, el hambre, la enfermedad, la soledad, la tristeza... No hay nada peor que sentirse desamado, indeseado, abandonado por todos.

Agnes Gonxha Bojaxhiu (Teresa de Calcuta)

 


Suele ocurrir que cuando se comentan problemas que existen en otras congregaciones, algunos solemos responder: “¡Pues esto en mi iglesia no pasa!”, y así, tan contentos, tan orgullosos de lo nuestro, nos quitamos la complicación de encima, nos sacudimos el polvo. El dolor del otro no es que no nos interese sino que, más bien, nos molesta y volvemos el rostro para no ver, no oír y sobre todo ¡callar!

El miedo al conocimiento nos ciega

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Forgotten Faith / Danel Rocal (Flickr - CC BY-NC-ND 2.0)

Estamos llamados a abandonar esta cómoda apatía y aunque en nuestro entorno no pasen cosas graves, tenemos que afligirnos con los que sufren por alguna causa.

¿Qué clase de cristianismo vivo si sólo me preocupa lo que pasa en “mi iglesia”? ¿Qué hay de “la Iglesia”?

  • La discriminación de la mujer me trae sin cuidado porque “esto en mi iglesia no pasa”.
  • Los abusos de poder que se producen, entre otros, al llevar al extremo el diezmo y la ofrenda no me preocupan porque “esto en mi iglesia no pasa”.
  • Las predicaciones inválidas llevadas y traídas en silla de ruedas porque no se sostienen de ningún modo me dan igual porque “esto en mi iglesia no pasa”.
  • La ignorancia de los responsables que guían sin conocer el norte no me obsesiona porque “esto en mi iglesia no pasa”.
  • La prohibición que sufren los que no pueden ejercer sus dones no me importa porque “esto en mi iglesia no pasa”.

Y tantas y tantas cosas que se producen sin que a mí me importe porque mi coraza, mi insensibilidad es fuerte.

¿Tan cerrados estamos entre las cuatro paredes de nuestro templo que nos escondemos de otras realidades diciendo: “esto en mi iglesia no pasa”. ¿No nos duele lo que les suceda a otros creyentes? ¿No buscamos la excelencia? Y si la buscamos ¿para quien es, sólo para los que nos reunimos en el mismo lugar? ¿Sólo me importo yo y mis circunstancias? ¿Tan insensibles estamos los que nos encontramos bien? ¿Formamos un cuerpo o somos un dedo amputado que cree vivir en la perfección que se ha inventado? ¿Tan perfectas nos parecen nuestras iglesias que hacen que nos olvidemos de los hermanos y hermanas que sufren de impotencia y nos necesitan? Y en caso de que nos importara, ¿sería suficiente la oración o esto se convierte en una excusa cómoda y sin compromiso para no indagar más en lo ajeno, para no preocuparnos? ¿Tomamos la oración como un talisman?

Lo que surja en otras congregaciones ha de dolernos igual o más que si ocurriese en la nuestra, ¿o hay que esperar a que pase en “mi iglesia” para concienciarme, para entender, para que me duela el alma, para que me importe, para que me identifique con el desaliento ajeno, para que me implique, para que sienta empatía por lo que acontece en otras comunidades?

Estamos enfermos. Somos esclavos de la indolencia. El orgullo espiritual nos puede. La ignorancia del contenido del  evangelio, también. Regresemos la mirada a nuestro Señor Jesús y aprendamos de su manera de ser. Un simple paseo por las páginas de los evangelios nos haría mucho bien.

 


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Isabel Pavón.
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