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¡Estamos ciegos!


Por todas partes me has rodeado; tienes puesta tu mano sobre mí. Sabiduría tan admirable está fuera de mi alcance; ¡es tan alta que no alcanzo a comprenderla! Salmo 139:5-6.

Cuántas veces he perdido de vista lo que hacía unos instante estaba entre mis manos; las gafas, el bolígrafo, algún documento... De chica, bueno, está claro que siempre he sido chica, pero en andaluz quiero decir que, cuando era chiquitilla, en el ambiente vecinal donde me criaba, se achacaban estas pérdidas repentinas al Diablo.

La solución para que te devolviera lo extraviado era bien fácil: Fastidiarlo. Fastidiarlo bien, o dicho sin incongruencias, fastidiarlo mal. ¿Cómo? Pues cogías un pañuelo, le hacían un nudo lo más apretado posible (se suponía que eran los testículos del susodicho), se tiraba debajo de la cama, y a esperar que apareciera el objeto. Según decían los expertos supersticiosos en la materia, por la cuenta que al elemento le tenía enderezarse, lo extraviado aparecería pronto. Cuando esto ocurría, desanudabas el pañuelo... y santas pascuas.

¡Estamos ciegos!

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 ¡Claro que las cosas no se pierden!, lo que perdemos es la memoria! 

Pero bueno, esas eran las brujerías de aquel tiempo.  La verdad es que todo lo que creo perdido, está ahí; lo que andaba buscando lo tengo ante mí, y si no sé verlo, algún alma caritativa cercana me orienta.  Si eran las gafas, me indica que las llevo puestas; si el bolígrafo, que lo tengo delante; si los papeles, me recuerda que los había archivado; si el tapón de la botella, me muestra que ya esta en su sitio; si la sal, que está sobre la mesa...

Hay días que he creído estar sola en casa, hasta que oigo abrirse la puerta de la habitación de uno de mis hijos. Estaba ahí, y durante un tiempo he creído que no había nadie conmigo, posiblemente he anhelando su compañía, pero no he sabido verlo hasta que de pronto he oído:  Hola, mamá.  Y a través del oído, se me han abierto los ojos. Son momentos de ceguera que a veces me preocupan.

Sé que mi caso no es único. A usted le pasa lo mismo, y lo más probable es que, en esos momentos de atolondramiento, también ha tenido alguien cerca que le orientara sacándole del bloqueo, y le ha dicho:  Mira, no busques más; está aquí.  Entonces, la paz que nos invade no se puede describir con palabras; usted y yo lo sabemos.

 De igual modo conocemos que esas pérdidas no sólo ocurren con objetos materiales que podemos tocar, nos pasa también con Dios.  Hay momentos del día en los que estamos seguros que se ha escondido de nosotros, creemos que Dios se ha quitado de en medio precisamente cuando más le necesitamos, y por más que le buscamos, no le encontramos. Sin embargo, su Palabra nos dice:  ¡Nunca se dormirá el que te cuida! No, él nunca duerme... (Salmo 121:3) 

Que bueno sería que en momentos de desamparo alguna persona nos recordara su omnipresencia y nos dijera:  El Señor está aquí, ¡mira! por todas partes te rodea; y aunque sabiduría tan admirable está fuera de tu alcance, y aunque no logres comprender, Él tiene su mano puesta sobre ti. 

 Ayúdanos a no perderte de vista, Señor. ¡Estamos ciegos!




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Isabel Pavón.
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