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En tiempo de amores


¡Pero qué bien nos queda todo lo que está hecho a la medida!


La otra noche, al continuar mi lectura bíblica, volví a encontrarme con el texto que más adelante transcribo. Hace años que me pertenece, me lo apropié con todo el derecho del mundo y su enseñanza es extensible para quien la quiera.

Comprobarán que lo que digo es cierto si  comienzo contando que mi experiencia en los caminos del Señor va pasando, como la de todos, por diferentes etapas, alternando lo sublime con lo humano. Hay veces que no sabemos qué hacer. Yo por ejemplo, me he sentido inútil, acomplejada y apartada del resto de la comunidad. Tenía plena conciencia de que el Señor estaba por mí, se había compadecido de mí, como dice la primera parte del pasaje, y que su decisión había sido que yo viviera en Él, pero ¿cómo, y para qué?

No hace mucho, el Señor volvió a pasar por mi vera, me miró de forma especial, y me adornó para realizar una tarea muy especial. Desde que me puse a ello, mis heridas comenzaron a sanar. Él ha hecho que me sienta mimada y privilegiada ante Sus ojos, por eso he decidido este título “En Tiempo de Amores”, porque ese es el estado particular en que me encuentro, y Él lo sabe.

En tiempo de amores

2

 

El día en que naciste no te cortaron el ombligo, ni te bañaron, ni te frotaron con sal, ni te fajaron. Nadie tuvo compasión de ti ni se preocupó de hacerte esas cosas. El día en que naciste, te dejaron tirada en el campo porque sentían asco de ti. Yo pasé junto a ti, y al verte pataleando en tu sangre, decidí que debías vivir. Te hice crecer como una planta del campo. Te desarrollaste, llegaste a ser grande y te hiciste mujer. Tus pechos se hicieron firmes, y el vello te brotó. Pero estabas completamente desnuda. 

 Volví a pasar junto a ti, y te miré; estabas ya en la edad del amor. Extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu cuerpo desnudo, y me comprometí contigo; hice un pacto contigo, y fuiste mía. Yo, el Señor, lo afirmo. Y te bañé, te limpié la sangre y te perfumé; te puse un vestido de bellos colores y sandalias de cuero fino; te di un cinturón de lino y un vestido de finos tejidos; te adorné con joyas, te puse brazaletes en los brazos y un collar en el cuello; te puse un anillo en la nariz, aretes en las orejas y una hermosa corona en la cabeza. Quedaste cubierta de oro y plata; tus vestidos eran de lino, de finos tejidos y de telas de bellos colores. Te alimentabas con el mejor pan, y con miel y aceite de oliva. Llegaste a ser muy hermosa: te convertiste en una reina. Te hiciste famosa entre las naciones por tu belleza, que era perfecta por el encanto con que te adorné. Yo, el Señor, lo afirmo. Ezequiel 16 ( 4-14 )

 Aunque los versículos anteriores se refieren a Jerusalén, podemos vernos reflejados en ellos . El Señor nos visita de vez en cuando de un modo distinto, nos hace más suyos y nos adorna. Los vestidos, perfumes y joyas que todos poseemos, son los dones que el Señor nos da. Dones sin fin que se vuelven singulares en cada uno de nosotros, porque en cada uno lucen de distinta manera. Así formamos un plural tan singular en la Iglesia del Señor.

 Con esto he aprendido que, aunque no era, ni soy, ni seré nada por mí misma, el Señor me ha regalado el placer de lucir Sus joyas . No me las dio para que las guardase en mi joyero interior, sino para que las mostrase. Ya sean brazaletes, collares, pendientes, o corona, son de Él y están hechos a la medida de nuestra persona por Él. En nosotros está lucirlos.

 Que estos adornos les guste a muchos o a pocos, ha dejado de ser para mí un problema. Yo sé que si nos proponemos lucir sus dones al cien por cien ante Él y ante nosotros mismos, será como estar en la Gloria.

¡Pero qué bien nos queda todo lo que está hecho a la medida! Llevemos Su hermosura siempre puesta.


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Isabel Pavón.
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