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En el fondo quería otra cosa


¡Cuánto tiempo llevaba aquel hombre descontento, criticando el servicio que, su hermano en la fe, ofrecía a la congregación! Siempre había un reproche en su boca.

Un disgusto. Un ir detrás queriendo enmendarle la plana. Las cosas hay que hacerlas como Dios manda, le decía.

Lo que su hermano ponía aquí, él lo desplazaba medio centímetro allá. Comparaba su esfuerzo con el que otros hacían...

Hablaba constantemente de ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto... (Mt 5:48); de estar bien formados antes de realizar un ministerio, no vaya a ser que el plan se quede a medio camino.
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¿Quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que, después que haya puesto el cimiento, no pueda acabarla y todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él (Lc 14:28-29); de recibir permiso antes de ponerse manos a la obra, como muestra de sometimiento a la autoridad... Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, porque cuidan sin descanso de vosotros, sabiendo que tienen que rendir cuentas a Dios. Procurad hacerles el trabajo agradable y no penoso, pues de lo contrario no sería de ningún provecho para vosotros (Heb 13:17).

En fin, en resumidas y reales cuentas, aquel hermano hacía uso de los típicos versículos que suelen servir para justificar intenciones que germinan ocultas al espectador.

Le corrigió y regañó hasta tal punto que, el hermano, convencido de su ineficacia, tomó la decisión de marcharse a otro lugar. Cuando un siervo de Dios se sabe útil, siente que está vivo y cuando se sabe inútil, siente que está muerto. Buscando la vida en abundancia que el Señor promete a los suyos, se fue con su único equipaje: un gran complejo.

¿Qué ocurrió después? Pues que el perfeccionista acaparó para sí la vacante e hizo según su voluntad. En realidad, eso era lo que, en lo más profundo de su alma, quería: ocupar el lugar del otro, pensando que él lo haría mucho mejor.

Hoy día, después de pasado el tiempo, aún se nota la falta de aquel que se fue con las orejas gachas; del que se fue arrastrando el ánimo. Y lo peor de todo es que se nota la pobreza de espíritu, la falta de inspiración de este que fue ahuyentando solapadamente al que le estaba estorbando.

Su verdadero propósito lo había disfrazado de celo por el Señor cuando lo que buscaba era protagonismo, enmascarado de perfeccionismo.


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Isabel Pavón.
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