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El tsunami de recuerdos



Usted está hoy solo. Ayer también. Y anteayer.

Está tremendamente solo y trata de disimularlo. No quiere que yo lo advierta, por eso entra en la cocina y como quien aparenta estar desinhibido se prepara un café.

Tras el ceremonial que requiere la máquina eléctrica, lo retira. Deposita con cuidado la taza sobre la mesa. El aroma que desprende la semilla tostada a fuego lento al contacto con la leche le trae recuerdos amargos que no desea paladear.

Añade azúcar. Dos cucharadas no son suficiente y pone más. La acerca a su boca. Sopla despacio sobre el círculo del recipiente, como quien desea apagar suavemente la llama de una vela antes de que llegue a quemarle los labios.


El tsunami de recuerdos

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Esto hace con disimulo, intentando disiparlos. Toma esa actitud porque no quiere que yo los perciba. Se equivoca. Yo estoy aquí y esos fatídicos recuerdos han hecho acto de presencia. Hacen caso omiso a su deseo y se quedan. Están en el café y su esencia sube a su cerebro. Rechaza el pan al notar que han impregnado la espesa untura de la mantequilla. Respira. Toma aire para aliviar lo que siente. Despliega la prensa e inmediatamente cierra sus páginas al ver que proliferan noticias que no hacen más que traerle el pasado al presente.

 Al terminar, lava la taza y observa que ha quedado un poso de recuerdos que no logra eliminar.  Yo los veo. Poco a poco, se expanden por su casa. Además de la cocina, invaden el salón, el baño, el dormitorio. Se acuestan en su cama. Los ve igual que yo y continúa con su afán de hacerlos desaparecer. Aunque hace frío y fuera está nevando, abre todas las ventanas.

Cambia las toallas. Quita las sábanas. Esto hace con el propósito de verlos esfumarse. No obstante, se instalan.

Los hay por todas partes. Ve como rebosan los cajones, como su llenura ha abierto de golpe las puertas del armario. El mueble zapatero revienta de recuerdos. La alarma de la nevera canta su zumbido, no puede soportar tal intrusión. El perchero de la entrada se inclina por el peso... Está nervioso. Lo sé.

 Desea disimular la situación, controlarla y no puede. No puede porque los recuerdos se han multiplicado.  Se amplían como partículas descuidadas por el aire. Intenta serenarse. De nuevo toma aire. Quiere pensar que esto no es más que una pesadilla. Pero estoy aquí y no se lo permito.

 Nota como el pasillo de su casa es más estrecho, a ambos lados de la pared se asientan años y más años de recuerdos. No los acepta pero están ahí por más que quiera mirar hacia otro lado.  Por más que cierre los ojos. Por más que se los tape con las manos. Yo también los veo.

 Los veo porque soy yo quien se los ha traído.  Usted los fue ahuyentando de su vida pensando que así, sin más, sería libre de los males cometidos y ya estaba seguro de haberlo conseguido. Ahora que vivía completamente a gusto, he llegado yo,  el Guardador de todas las Memorias  y se los he devuelto. Hasta hoy, usted pensaba que provocando el olvido estaba ganando la batalla. Ya ve que no está en lo cierto.

 Siéntese. Reflexione ante ellos. Los hay de muchas clases. Si lo ve necesario, llore todos sus quebrantos, por mí no se reprima. Le queda poco tiempo. 


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Isabel Pavón.
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