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El silencio de los co(ba)rderos



Tan poquita cosa como parecen, van contagiando su enfermedad de boca en boca y por lo bajini.



"Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena".
Mahatma Gandhi.

 

Este colectivo se encuentra más a gusto detrás del telón. Sienten gran curiosidad y cuchichean entre ellos todo lo que ven. Miran. Acechan. Rumorean. Nunca se pronuncian abiertamente, esperan que sean otros los que levanten la voz.


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Foto tomada en los pasillos de un hotel. / Isabel Pavón

Los co(ba)rderos padecen una enfermedad principal, el miedo:

-Miedo a perder su posición.

-Miedo a perder su autoridad.

-Miedo a perder amigos.

-Miedo a que se desprestigie su imagen.

-Miedo a que se les señale con el dedo.

-Miedo a que se les note el miedo.

-Miedo a que no les quieran.

 

En ellos se encierra el pánico que les produce dar la cara.

Los co(ba)rderos, si alguna vez salen a la luz -cosa rara- lo hacen de dos en dos, cogidos de la mano para no perderse por el camino y, cuando dan su opinión, lo hacen en nombre de todos, como resguardándose de los posibles comentarios adversos. Pero, como digo, raras veces se hacen notar. Esto, sin embargo, no quiere decir que no tengan criterio. Los tienen y los esconden. Lo que expresan por su boca no es precisamente lo que creen.

A los co(ba)rderos, ese otro colectivo que habita entre nosotros sumidos en la pasividad, les gusta enterarse de todo aquello que se trama. Dicen no saber nada del asunto en cuestión y escuchan con interés lo que se cuenta para ir luego, corre que te corre, a los suyos, los demás co(ba)rderos del rebaño que permanecen escondidos y pastan a escondidas, se reúnen a escondidas y, al terminar, se despiden en silencio, como deslizándose entre las sombras para pasar desapercibidos. Hasta las miradas con las que vigilan son sigilosas.

Los co(ba)rderos se crían y se atraen entre ellos como imanes.

La mejor táctica de la que presumen es la de azuzar a los valientes para que hablen por ellos, como quien dice, tiran la piedra y esconden la mano, ¡ay, porque yo no sé!, ¡ay porque se me da muy mal!, ¡ay porque tú eres más inteligente!, ¡ay porque te admiro!, ¡ay porque no sé cómo decirlo!, ¡ay porque tú te explicas mejor!, ¡ay porque tú tienes la suerte de enterarte de todo!

Los co(ba)rderos tienen sus influencias, ahí, tan poquita cosa como parecen, van contagiando su enfermedad de boca en boca y por lo bajini. Es así como se forman los grandes pastizales de su casta, donde, amparados por un toldo espeso de falsa pulcritud, acampan a sus anchas. En cuanto acaban de comerse el pasto fresco, lo único que dejan a su alrededor son sus propios excrementos. Vamos, que ni los más pintados se atreven a pisar su terreno por miedo a pringarse.

Si una imagen vale más que mil palabras, el silencio de estos encierra la valía peyorativa al menos de 3000, tasando a la baja.

¡Cuánto esconden y cuánto silencio abrigan! ¿Les vale la pena consumir la vida sin que se les pueda poner cara?

 


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Isabel Pavón.
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