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El guardián del hada


El hada sumisa es la luz, tiene los dones y el guardián la facultad de mostrarlos o anularlos, es el interruptor, el mando.

“Es el momento de replantear algunas de nuestras antiguas creencias y tradiciones. Es tiempo de arrepentirnos de haber obstaculizado de una forma u otra la obra de Dios y mal interpretado su Palabra. Es hora de librar a la mujer para que cumpla el llamamiento que Dios le ha hecho. ¡Es hora!” Tomado del Libro ¿Por qué no la mujer? Editorial JUCUM

En esta historia nos referiremos al guardián que custodia al hada sumisa, pues sucede que a toda mujer poseedora de esta condición se le suele agregar un guardián que la protege a todas horas y la convence para que no piense ni actúe con lo que le dicta su propia inteligencia.

 Para que el hada no se haga notar y mantenga sus poderes ocultos, él la cuida con tal celo que la separa aislándola del resto de la comunidad a la que pertenece. 

El guardián del hada

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Todo guardián conoce los grandes dones del hada y los teme. De ahí que trate de anularlos.

Él escuda sus trajines bajo las órdenes del gran jefe. Habla en su nombre para convencer. Inventa sus mandatos para subyugar. Muestra documentación falsa en manuscritos antiguos para crear incertidumbres. Encierra al hada para protegerla, eso dice, se siente responsable de ella y de su entorno. Esconde la llave para que nadie, sin su permiso, acuda a visitarla, le pida consejo, disfrute de su sabiduría... Y ella... simplemente se deja llevar, a veces enamorada platónicamente de su dueño.

 El guardián ofrece al hada muñecas para que entretenga las horas y desfogue sus poderosos dones. Ella se acostumbra a ser feliz de esa manera irresponsable y empieza a confundir ficción con realidades. 

Uno de los cometidos de éste es estar atento a los modales de su protegida, a las palabras que no debe pronunciar, a su ropa, sus horarios, su comida, sus peinados, sus modas, sus lecturas, sus visitas, sus salidas, sus entradas, su levantarse y su sentarse y sobretodo su compañía.

 El guardián tiene bien claro que si deja al hada en libertad, si la deja caminar a su aire, su labor quedará en entredicho, pues su reputación tiene valor siempre y cuando ejerza bien su dominio. 

Toda acción, petición u obra debe pasar por sus manos y admitir sus prohibiciones. Por supuesto, él rechaza cualquier acercamiento con las terribles explicaciones de que en el hada no hay sabiduría ni fuerza buena.

 Podemos comparar este tipo de actitudes con la luz que brilla en un farol y está sometida a un mando. El hada sumisa es la luz, tiene los dones y el guardián la facultad de mostrarlos o anularlos, es el interruptor, el mando. 

Como digo, estos hechos se dan con abundancia.

 Por los caminos de Dios, suelen encontrarse guardianes que buscan hadas  rebosantes de poder para ejercer sobre ellas su cargo y encerrarlas; y hadas sumisamente vagas deseando ser controladas para no ejercer su misión de ayudadoras.

Cuando los dos se juntan, cuando ellas aceptan la presión de los guardianes y desprecian su propia responsabilidad... malo, malo ante la divinidad.


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Isabel Pavón.
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