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El deber de dar fruto abundante



Cada uno de nosotros tiene la obligación de contribuir positivamente en este mundo que habitamos. Tenemos el deber de marcar una huella profunda y beneficiosa, tanto para los que están, como para los que vendrán tras nosotros.

¡Qué pena dan esas personas que pasan por la vida sin proponerse ninguna meta! Nacen, crecen, se reproducen como autómatas y pasan sus años esperando que les llegue la muerte.

La propia rutina diaria es una especie de muerte que va minando nuestro espíritu. Estas almas sólo ven lo negativo de la vida y no aspiran a más. Se conforman con lo que les viene encima sin salir a buscar otra salida.


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Son vidas creadas por Dios pero parece que no han alcanzado o no han querido alcanzar el grado de madurez suficiente para entender que tenemos una misión. Dios nos la ha confiado. Cada cual tiene la suya y siempre enfocada hacia la meta de dar fruto, como da fruto la tierra y nos sirve de alimento.

Hay gente completamente anónima que dedica todo lo que puede de su tiempo en ayudar a otros, ¡qué mérito!, y otros anónimos también que viven para si mismos esperando ese día de la partida con los brazos cruzados. Viven engañados sin saber que lo están.

Yo no quiero ser como estos últimos.

También los hay que siempre van con proyectos en la carpeta, mostrando y hablando y nunca se ponen manos a la obra. Tenemos que arriesgarnos contribuyendo para bien en este camino en el que el Señor nos ha puesto, sobre todo cuando estamos seguros de que es lo que Él nos encomienda que hagamos.

Dar fruto alegra la vida. Confiemos en que Dios pone la lluvia en nosotros para que así suceda.

Dice el Salmo 1 que el ser humano es como un árbol plantado a la orilla de un río, que da su fruto a su tiempo y jamás se marchitan sus hojas. Dice además que ¡todo lo que hace le sale bien! Y yo digo ¡amén! para que rime.

En Jeremías 17 aparece de nuevo: Pero bendito el hombre que confía en mí, que pone en mí su esperanza. Será como un árbol plantado a la orilla de un río, que extiende sus raíces hacia la corriente y no teme cuando llegan los calores, pues su follaje está siempre frondoso. En tiempo de sequía no se inquieta, y nunca deja de dar fruto.

¡Seamos ese árbol! ¿Nos remangamos?


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Isabel Pavón.
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