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Distintas maneras de matar a la mosca


La mosca que no quiere ser cazada está más segura cuando se posa en el cazamoscas. LICHTENBERG, George Christof (1742-1799) Escritor satírico alemán.



El hombre que usaba el micrófono en la sala de conferencias, pidió a los presentes que cerraran los ojos y prestaran atención a la historia que iba a contarles:

 

Los hijos suelen imitar en todo a sus padres. Eso fue lo que ocurrió en un hogar en el que había un niño y, por supuesto, una mosca. Había visto muchas veces a sus padres matarlas y, sin pedir ayuda, quiso aprender a hacer lo mismo. 

Fue tras ella por la habitación, de un lado para otro, sin poder alcanzarla. Por fin, la mosca se posó en el cristal de la ventana y se quedó quieta. En ese momento, el niño la golpeó con tanta fuerza y tan  mala fortuna que, además, rompió el cristal. 

La mosca fastidiosa murió en el acto, pero lejos de haberse solucionado el problema, creció, ya que por el cristal roto entraron muchas  más.


El miedo al conocimiento nos ciega

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Tan insulsa pareció al público aquella verborrea que, cuando terminó de hablar enseguida y por lo bajini empezaron los cuchicheos. Uno se volvió y dirigiéndose al matrimonio sentado en la fila de atrás les dijo:

—Verdaderamente el niño fue poco inteligente, ¿por qué no mató a la mosca con spray? Así no habría roto el cristal.

Otra dijo a quien tenía al lado:

—¿Y por qué esperar a que la mosca estuviera sobre el cristal para matarla?

Otro interesado en el tema:

—Pues, en mi infancia yo veía a las niñas ensartar moscas con agujas para hacerse collares. Asqueroso, lo sé, pero es otra forma de matar la mosca.

Una más:

—Pues yo antes de matar la mosca la tenía un tiempo zumbando en una jaulita hecha ahuecando un tapón de corcho, y con barrotes de alfileres. Era como Guantánamo, pero en pequeñito. A veces se moría de hambre antes de que me diera tiempo de pensar en algo.

Alguien se atrevió a decir:

—Yo no me ando con rodeos. La elimino con un matamoscas de plástico de todo a 1 € y la aplasto contra el suelo.

Uno más:

—Un método infalible es colgar una bolsa transparente de agua del dintel de la puerta o la ventana. La mosca se ve aumentada, se asusta de sí misma y huye.

Un joven:

—Una vez, bostezando, me tragué una mosca, lo que demuestra que tienen instintos suicidas, o sea, que se matan solas por meterse donde no deben.

Alguien que no se pudo aguantar:

—Antes usaba un trapo para golpearlas pero ahora...¿ no es más limpio enchufar un insecticida y esperar que se vaya?

Por último, el que parecía más tonto, muerto de risa, dijo:

—Yo las cazo al vuelo.

En fin, aquella exposición que hizo el hombre del micrófono indicando que no se debe matar a la mosca, con el único fin de justificar su manera de actuar, advertir y reafirmar el absurdo refrán que dice "mejor es lo malo conocido que lo bueno por conocer". Sí, aquél que siempre había parecido una mosquita muerta, lo único que consiguió fue dar más ideas a los congregados y agudizar el ingenio de todos aquellos que, con la mosca tras la oreja, querían ver muerto al insecto porque estaban, más que mosqueados, hartos. Pero el hombre del micrófono, como la mosca que no quiere ser cazada se posa en el cazamoscas, consiguió su propósito pues logró desviar la atención de los oyentes por caminos varios e insulsos.

 

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Isabel Pavón.
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