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Discipulones


El que mucho abarca, poco aprieta.


No existe el superhombre, tampoco la supermujer, pero hay lugares de culto donde existen los discipulones o superdiscípulos.

Se bastan solos. Su celo les lleva a acaparar todos los servicios que se dan en las congregaciones. Voluntariosos al máximo, levantan la mano para ofrecerse a ocupar cualquier vacante, el cargo nuevo que salga a la palestra. Otra cosa es que luego cumplan.

Los discipulones ejercen su misión con impaciencia. Ensanchan los pulmones. Sacan pecho. Les gusta figurar. Son autoritarios. Antes de exponer el curriculum lo engordan, aunque sea con gases .

Discipulones

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Con esta actitud carente de aptitud, hacen que muchos se sientan inútiles, infelices, faltos de entusiasmo para meter el hombro, no encuentran hueco y se ven como meros rellenos, calientabancos.

Los discipulones fomentan así la pasividad y el aburrimiento, la desidia de la comunidad. Privan la ilusión de querer capacitarse, si es mujer menos aún.

Al acaparar todos los quehaceres se da como resultado que no finalizan bien ninguno de ellos. No pueden. Se quejan. Pero siguen sin abrir puertas. No delegan. Tienen miedo a perder la autoridad que han recibido ya que, fuera del templo, pasan socialmente desapercibidos. Sus vecinos apenas les saludan porque no se dan a conocer, no se les tiene tal consideración.

Convencidos de que viven poniendo en práctica las palabras de Cristo, los discipulones andan rebosantes de orgullo, convencidos de que los demás no están instruidos ni merecen serlo. No reconocen los dones ajenos.

No reciben consejos. Sin estar formados entienden de todo, opinan de todo, tienen la solución para todo, menos para atender las necesidades de sus propias familias que quedan en el último lugar de la escala que se imponen.

Los discipulones tienen claro que el mundo eclesial y el mundo mundial depende de ellos. Creen que conocen lo que significa ser siervo de Jesús aunque es posible que no sepan pensar en cristiano, por lo tanto, no viven como cristianos.

No acostumbran a repartir materias. Ni se les pasa por la mente que hay más creyentes esperando poder salir de la sombra a la luz y usar sus mentes y sus manos.

Pero si alguna vez lo tienen claro y permiten que otro haga algo, no le dejan caminar solo y meten mano para coordinarle el trabajo, para colocar la última frase, para poner la guinda, para recordarle por la eternidad el favor que le hicieron al dejarle servir.

Si esto de ser discipulón es grave, más lo es por parte de los superiores otorgarles lo que piden cuantas veces lo pidan.

Tienen los discipulones tanto afán que algunos parecen que ansían superar las capacidades de Cristo y le enmiendan la plana.

Sin embargo, el discípulo no es más que su maestro: solo cuando termine su aprendizaje llegará a ser como su maestro (Lc 6,40). Y cuando estén preparados, entonces entenderán que hay otros escogidos a su alrededor con ganas de trabajar con alegría.

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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