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De mantilla

“Cierto era que si el domingo anterior la miraban raro, este la observaban con extrañeza...”

Por lo tanto, si una mujer no se cubre la cabeza, más vale que se la rape de una vez; y si la mujer considera vergonzoso cortarse el cabello o raparse la cabeza, entonces que se la cubra. 1 Cor 11,6.

Todavía hay creyentes que quieren reafirmar este versículo del velo en la cabeza de la mujer. He aquí una pequeña historia.

Entre todos la mataron...

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Femenino, singular / Chema Concellón (flickr - CC BY-NC-ND 2.0)

Cierto día una mujer pasó por delante de la puerta de una iglesia evangélica. Entró y vio que las congregadas usaban velo. Recordó sus tiempos mozos en el catolicismo pues, de pequeña, fue obligada a usarlo. Ahora se encontraba entre personas que ejercitaban la fe de otra manera. Al no ir adornada como las demás sintió que la miraban raro. Por otro lado se sintió cómoda durante la predicación, le gustó el mensaje tan distinto a los que se daban en misa, disfrutó los cantos algo más originales que los que conocía y quiso regresar el domingo siguiente.

Así lo hizo. Para no parecer un bicho raro llegó con la cabeza cubierta. De lujo. Para ello había pedido prestado un traje de mantilla a una de sus hermanas ya que coincidía con el domingo de Ramos.

Llegó vestida de negro riguroso, traje de encaje largo hasta cubrir las rodillas, mangas a la altura del codo. El pelo recogido en un moño bajo. Maquillaje suave. Velo y peineta española color carey bien grande, sujeta sobre los hombros con alfileres de cabecilla negra. El broche centrado a la perfección. Medias negras transparentes y tacones altos pero sin exagerar. Sólo le faltaba ponerse a cantar una saeta pero, al momento de arrancar, prefirió callarse al darse cuenta de que no tenía bien memorizada la letra. En fin, según ella, iba como Dios manda. Quería agradar.

Cierto era que si el domingo anterior la miraban raro, este la observaban con extrañeza. Notó cuchicheos entre los presentes, algo que ella, tan adornada de encaje, no podía mentalmente encajar, y es que hay veces que por necesidad de amigos o por querer agradar y ser aceptado, se hace el ridículo.

 

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Isabel Pavón.
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