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Dedicatorias

23 de abril, día del libro.

¡Qué alegría más grande he sentido al abrir un libro de poemas y ver la dedicatoria que el propio autor había escrito para mí! Algo tan precioso y personalizado  no se hace al tun tun, os lo aseguro. Contemplar el mensaje y los trazos de su propia letra ha hecho que me sienta una persona especial.

Me regaló el libro hace un par de meses y, durante todo ese tiempo, ha estado en mi escritorio, esperando el turno para ser recitado en la intimidad de mi cuarto (una manía que tengo de hacer lectura). ¡Qué poca vida privada tenemos las madres! Ahora que he descubierto los secretos que guardaba en su interior, me siento culpable de haber esperado tanto, de no haber hecho un hueco en mis quehaceres. Pienso que cuando un escritor dedica un libro, sobre todo de la manera que este amigo lo ha hecho conmigo, además de querer agradar con su contenido en versos, siente la urgencia de conocer la reacción que producen las palabras que para un lector en particular ha escrito. Creo que, con mi silencio, le he fallado y espero que sepa perdonarme.

En una dedicatoria de dos páginas como la que comento, hay espacio suficiente para volcar parte de la esencia de uno mismo ante los ojos atentos de quien lee, en este caso, ante mí. Los poemas me han envuelto de tal manera que no he podido soltarlos hasta haber terminado por completo su lectura. Al final, de nuevo he encontrado otra sorpresa. En las dos últimas páginas había escrito otro mensaje sólo para mí.

Antes de leer sus dos notas, yo, naturalmente, estaba ajena a su existencia, ajena al mensaje que, con tanto cariño, me estaba transmitiendo. Pero ahora que ya forman parte de mi vida, la idea que tenía sobre el poeta se ha visto incrementada, particularizada... Le quiero más por dos razones: Le conozco mejor y sé que me valora.

Esta grata experiencia me trae a la memoria la época en que descubrí la lectura de la Biblia, por cuyas páginas el Espíritu y la Palabra de Dios circula y nos habla. Me ocurrió algo parecido. Desnudar su interior fue  una experiencia antigua que se prolonga hasta hoy y pongo toda mi confianza en que será hasta el último día de mi vida aquí.

Hace más de treinta y cinco años que alimenta mi alma. Ella contiene el mensaje de salvación de su Inspirador. Entonces, y ahora, tomo sus palabras como una dedicatoria especial que Él me hace –nos hace a cada uno de nosotros– y me lleva a pensar que, de igual manera como yo había actuado con el libro de mi amigo, ¡cuántos ejemplares de las Sagradas Escrituras estarán adornando los estantes esperando un turno que quizás nunca les llegue para ser leídos! ¡Cuánto perdemos con esta actitud!

Qué bueno es abrir el libro de Dios y decir con el corazón abierto: tu Palabra está aquí conmigo y yo contigo, háblame, cámbiame, despiértame de este letargo, te escucho atentamente..., e impregnarse de su contenido, y sentir una clase de paz difícil de explicar, y refugiarse dentro de ella, y cantar, y dejarse cubrir por su Espíritu, y surcar sus caminos, todos frescos, y dejar que corra libre el mensaje de esperanza, de aliento, y no salir jamás de ninguna de sus promesas... Porque ellas nos cambian la visión de las cosas sin sentido que nos atan a esta vida, y porque no queremos ya volver a nuestro anterior estado.

A partir  de ese descubrimiento, tan solo queda tomar una decisión: Impedir que el polvo vuelva a posarse sobre sus páginas.


Publicación en otros medios:

Protestante Digital

Diario Sur


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Isabel Pavón.
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