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Culturista sabrosón


A las mujeres que aún conservan sus fuerzas..



Guapo, joven, moreno, medianamente alto y, la verdad sea dicha, con una espalda que no cabía por puerta alguna. Se llamaba Jaime y era conocido como “El terror de las Nenas”. Este apelativo, dada su condición de macho, le iba como anillo al dedo. Y hablando de anillos tenemos que decir que Jaime contrajo matrimonio con otra belleza, una joya, un diamante en bruto según él y que se propuso pulir a fuego lento. Al mismo tiempo consiguió un suegro dispuesto a darle un puesto de trabajo bien remunerado.

 	¡Cuidado con los piropos!

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Jaime había descubierto pronto su afición al culturismo y se alejó de la cultura. Una exagerada musculatura le dio cierto estatus entre sus conocidos. Las nenas no le faltaban. Acudían a él como moscas y quizás, entre ellas.

El guapo, joven, moreno medianamente alto con la espalda como una puerta hizo del gimnasio su lugar de culto, su centro de ejercitamiento, su oración, su alabanza y adoración hacia sí mismo, pues se amaba a sí mismo tanto que se hacía insoportable para el grupo de amigos que temía encontrarse con él, sobre todo si los chicos iban acompañados de sus novias ya que el guapo solía soltar algún improperio que desprestigiaba al novio en presencia de la novia. El culturista era todo un elemento. A “El terror de las Nenas” se le subió tanto el gusto por la autoestima que se le hacía necesario robar la de los demás para seguir alimentando su narcisismo, de la misma manera que Drácula necesitaba la sangre de otros cuerpos para seguir viviendo. Al igual que el chupa sangre, Jaime salía de noche. Era simpático, es cierto, usaba además esas camisetas serigrafiadas con mensajes que le resultaban graciosos, como por ejemplo: “Vendo a mi suegra”. “No soy ginecólogo pero si quieres puedo echarte un vistazo” y todo tipo de ordinarieces que lucen los brabucones, echados pa'lante, sin estilo ni vergüenza. Otra camiseta que usaba con frecuencia decía: “Hoy tengo un día estupendo, seguro que viene un gilipollas por detrás y me lo jode”. Lemas que interpretaba como geniales y que solo los más allegados, los más ilusos los reían.

Cuando su esposa, la joya sin pulir que Jaime había elegido para sí, le veía entrar y cerrar la puerta con llave, se perlaba de un sudor frío que le anulaba la poca voluntad que le quedaba y abría todas las ventanas para que entrase el aire. Era como una defensa, para no ahogarse. Pero esto no le impedía recibir los gritos e insultos que el culturista sabrosón soltaba por su boca, ni podía anular las maldiciones acompañadas de empujones y acorralamientos en las esquinas de las habitaciones. Por su boca expulsaba dagas que hacían diana en el corazón de la joya sin terminar de matarla. Para ella, abrir las ventanas era como pedir auxilio sin pedirlo.

Los vecinos estaban al tanto de la situación pero como sabían que en boca cerrada no entran moscas, no decían ni pío. Así les iba y les iba bien, manteniendo silencio y mirando por entre las rejillas de las persianas lo que sucedía entre la joya (ya casi pulida) y el inculto culturista que, debido a su ignorancia, se creía más que nadie.

En alguna ocasión en el patio de luces se oyó salir de una boca anónima y cobarde: “sarna con gusto no pica”. Y era verdad, la sarna entraba en la joya pero, más que picar, la hería y más que gusto sentía los aguijones de la muerte.

Y así pasaban los días en la vida de Jaime y así los vivía la joya. Él cada vez con más terreno ganado, todo el que ella iba cediendo.

La joya, aunque no lo he dicho antes lo digo ahora, era alta y morena, con un cuerpazo que quitaba el hipo y producía envidias. Con el tiempo aumentó la familia. Una joyita nueva nació en primavera, era un calco exacto de la joya madre. Pronto comenzó a presenciar el maltrato hogareño. Esta criatura que Jaime tomaba por una intrusa fue lo que a la joya madre (aún sin terminar de pulir del todo, a Dios gracias) le dio fuerzas para buscar ayuda, pues aquél príncipe envidiado por todas y que ella tuvo la suerte de encontrar, se le volvió sapo. Y a aquél suegro que vino a menos por la crisis se le derrumbaron todas sus expectativas. Por eso, cuando hace tres noches el sapo entró en su charca embarrada, o sea, en casa y cerró con llave, no hubo ya quien abriese las ventanas para que entrara el aire y salieran los gritos sin gritarlos.

 

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Isabel Pavón.
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