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Cuento del pastor engordado por ovejas


Tan bien se sentían y tan contentas las veía el pastor que no se le pasaba por la cabeza ese cambio de roles que se había producido si se contrastaba aquel comportamiento con lo que estaba previsto en el evangelio.

 

Era costumbre por aquella época que las ovejas se dedicasen a engordar al pastor.  Por eso le invitaban a comer de los pastos más verdes y frescos y además de entregarle el diezmo de la lana que vendían cuando eran trasquiladas y no conformándose con eso, le aportaban además una ofrenda voluntaria con canasta de embutidos Cinco Jotas. 

El pastor tenía la suerte de contar con un rebaño generoso que, además de sostenerle económicamente, cuando le veía llegar se inclinaba ante él en reverencia como si se tratase de Dios en persona que había abandonado su trono para venir a visitarlos. Le apretaban la mano en el saludo con sumo cuidado para no quebrarle los frágiles dedos carentes de callos y las impecables uñas apartadas siempre de la suciedad mundana. Algunas ovejas incluso suplicaban que les dejase besarle el anillo.

 


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An afternoon with the sheep / Francisco Antunes (flickr - CC BY 2.0)

Tan bien se sentían y tan contentas las veía el pastor que no se le pasaba por la cabeza ese cambio de roles que se había producido si se contrastaba aquel comportamiento con lo que estaba previsto en el evangelio. Lo que sucedía venía a ser de lo más incomprensible.

Las ovejas bailaban y cantaban para que él se distrajera. Producían la mejor leche. Se ordeñaban unas a otras para que él disfrutara del manjar, del sabor auténtico de sus quesos y procuraban darle la mejor lana para el invierno, para ello se trasquilaban mutuamente aunque fuese a bocados.

Siempre que se acordaba de ir a verlas, el pastor se sentía querido, agasajado como un niño de tierna edad. No cesaba de comentar a otros pastores lo bien que las suyas se portaban con él pues no le daban quebradero de cabeza alguno, ni le cansaban con pesados problemas doctrinales, ni con inquietudes personales y sobre todo no le calentaban la cabeza con dudas de fe. Aquellas ovejas valían tanto que incluso si alguna enfermaba las propias compañeras la cuidaban como podían.

Eran muchos los que envidiaban a este protagonista de hoy que vivía del cuento. Perdón, quise decir del protagonista que aparece en este cuento.

 


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Isabel Pavón.
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