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Cuatro paredes me transforman


El pequeño espacio se confabula conmigo, es mi cómplice. Me envuelve su intimidad, pues ha hago mía.


Necesitamos un espacio propio e íntimo

Cada mañana, al levantarme, entro en mi propiedad. Abro la puerta del espacio que envuelven cuatro paredes de arcilla camufladas por pintura blanca y gotelé. Color que las estanterías llenas de ricos volúmenes opacan.

Un ventanal me abre al paisaje los sentidos. Me regala el frío y el calor, el vuelo de los pájaros y su gorjeo, el aroma de alguna flor, el murmullo de las gentes que pasan sin advertir mi presencia. A través de ella me ciegan desde la luz más brillante del sol hasta la oscuridad más negra de la noche.


Cuatro paredes me transforman

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Una mesa cuyo peso la mantiene inmóvil y una silla giratoria y movediza me conceden el báculo de poder. Con él ejerzo la fuerza que me confiere la gran diva: la escritura. Sobre ella descansan mis viejos lapiceros, algunos ajetreados documentos, esos que valoro como singulares joyas, los que abandono fuera de la vista después de serme útiles para que el polvo y el tiempo hagan su labor.

El pequeño espacio se confabula conmigo, es mi cómplice. Me envuelve su intimidad, pues ha hago mía.

Poseo otra ventana cuya magia me permite visitar diferentes lugares, nuevos mundos, conocer otras vidas, otras facetas diferentes, caras con nombres y apellidos con las que puedo ponerme en contacto si lo deseo, en el instante que quiero.

En este ambiente escapo de mis circunstancias o permanezco en ellas, pues viajo sin salir de casa. Regreso sin que nadie lo advierta. Me regala tal estado que lloro o río, me relajo o me dejo llevar por el estrés, según sea el momento.

En el tiempo que decido, entro o salgo. Me vuelco en mis amistades íntimas o recibo las confidencias de estas.

Es en este lugar donde me entrego a la meditación y al estudio, donde me intereso por avanzar hacia la lejana perfección.

Sin perder mi humanidad, en este espacio existo y muero; soy la diosa frágil y poderosa; espléndida y austera; benigna y tirana, pues alumbro historias de vidas inventadas. Cocino el alimento que necesito para fortalecer mi alma, quizás, ojalá, para las de algunos más.

A él voy y vengo con total impunidad. Violo su espacio cuando quiero. Lo doblego a mi necesidad momentánea. Lo muestro si me apetece. Lo clausuro cuando me viene en gana. Como esclavo me obedece. Se doblega sin oponer resistencia.

Por eso, en él soy feliz. En él mando yo.

 

 

Publicación en otros medios:
Protestante Digital



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Isabel Pavón.
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