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Cuando alguien brilla...


Todo lo que brilla atrae la atención de nuestros ojos y, si está a nuestro alcance, nuestras manos se dirigen sin pensarlo hacia el objeto. Basta tocarlo para que las marcas queden patentes. Una huella tras otra lo va matizando. ¿Era esa la intención? Quizás sí, quizás no. Según sea el estado interior de quien lo toca.

El objeto no puede ocultar su brillo. No es culpable de su característica. Ha sido diseñado de ese modo.

Por otro lado, podemos trasladar esta cualidad a las personas. Un alma limpia..., tú, por ejemplo. Una persona honesta..., tú, por ejemplo. Alguien de buena voluntad..., tú, por ejemplo. La inocencia personificada..., tú, por ejemplo, atraes miradas, huellas y palabras que suelen mancharte. ¿Con intención? Quizás sí, quizás no.

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La persona que atrae la atención de los demás..., tú, por ejemplo ¿eres consciente de ello?, ¿puedes evitarlo?, ¿quién te ha diseñado?, ¿de dónde te viene el resplandor?, ¿no quiso tu Creador que fueras así?

Hay veces que, cuando un ser destaca ante nuestros ojos..., tú, por ejemplo, nos vemos tentado a sombrearte, ya sea consciente o inconscientemente. ¿De qué manera? pues, no reforzándote en tus dones. No dándote el lugar que te corresponde, levantando falso testimonio sobre ti, tratando de ignorarte...

Pongamos nuestra voluntad en no empañar, más bien admiremos el brillo y esplendor ajeno. Intentemos a la vez no perder el que se nos ha concedido, ya que el mal roce del brillo propio con el brillo ajeno, también se resiente.

Cuando, por la fuerza, se va despojando a una persona del resplandor que Dios le ha concedido por su gracia, puede caer en diferentes estados: depresión, aislamiento, decepción del entorno que la rodea... Sin embargo, podemos considerar estos estados como algo temporal y permitido.

¡Ánimo!, al Señor no se le escapa nada. A su tiempo, Él, dador de bendiciones y de gracia, vuelve a barnizarte, por mucho que se empeñen los otros en que no brilles.


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Isabel Pavón.
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