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Cuando Mambrú volvió de la guerra

Su afán era simplemente que los locales se llenaran, aunque no fuera de contenido.

Cuando Mambrú volvió de la guerra causó un gran revuelo en el pueblo porque ya nadie le esperaba. Todos lo daban por muerto y enterrado en caja de terciopelo y tapa de cristal como les había anunciado el paje de la canción popular que narraba el suceso.

Su regreso no fue ni por la Pascua ni por la Trinidad, do-re-mi, do-re-fa, sino al comienzo del otoño y entró derechito en la iglesia de su barrio para limpiarse del pasado y hacerse miembro. Tenía claro que su guerra ya estaba en la calle, mire usted, mire usted si sabe, repartiendo folletos sobre reuniones y eventos evangelísticos, tiroteando de acera en acera a los transeúntes. 


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Nadie podía decir que Mambrú no amara la paz, do-re-mi, do-re-fa, puesto que en su congregación era amable, participaba pacíficamente en cualquier petición que se hiciera desde el púlpito y se mostraba afable, mire usted, mire usted que sable. Su afán era simplemente que los locales se llenaran, aunque no fuera de contenido. 

Mambrú saludaba a los asistentes siempre y cuando hubiesen sido fieles en la repetición la frase mágica y salvífica de aceptar, do-re-mi, do-re-fa, al Señor como salvador personal y sólo hubiesen conocido una sola iglesia, la suya, que era la más buena, ¡ay, mire usted, mire usted que pena! Por otro lado, formando parte de su idiosincrasia estaba no saludar a los creyentes que por alguna u otra razón habían abandonado dicha casa de Dios. Porque eso sí, de eso podía estar orgulloso, él era muy fiel a sus convicciones religiosas y todo aquél que abandona una congregación ya no era digno de recibir un buenos días, unas buenas tardes, o un buenas noches. Tan fiel era que cuando entraba en alguna tienda de ultramarinos del barrio, una panadería, la pescadería y veía algún desertor, mire usted, mire usted que horror, hacía la vista gorda, pero bien gorda y salía rápidamente a la calle haciéndose el invisible sin hacer su compra. De ahí que Mambrú fuera, además, asiduo al ayuno, mire usted, mire usted que tuno. 

En realidad, los que recibían el folleto no acudían a la iglesia. Los miembros siempre fueron los mismos, restándoles los que se iban. 

Para Mambrú era verdaderamente era un trabajo arduo saludar a los que estaban y dejar de saludar a los que se iban e hizo su lista para no errar, do-re-mi, do-re-fa. 

En cierta ocasión, estando en la acera junto a la hamburguesería de moda, se le acercaron tres personas, dos mujeres y un hombre que querían saludarlo. Pertenecían a diferentes iglesias que Mambrú había abandonado antes de alistarse en el ejército. Al verlos se quedó en ascuas. Le traían un regalo, la mitad del cuarto de kilo de rabillos de pasas, que dolor, que dolor, que guasa, para que le reforzaran la memoria.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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