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Con heridas, cicatrices y cantando


Todo aquel que se mueve, que da la cara con honestidad, puede ser señalado.

Decidir si avanzar y caerse o quedarse intacto y quieto, encerrado dentro de su concha, es cosa de cada cual.

Se sabe que caminar con la mirada del otro a modo de bala incrustada en la nuca, no resulta agradable.


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Caminar con el índice acusatorio del otro clavado en nuestra columna vertebral, duele.

Caminar sabiendo que hay conversaciones que se acallan ante nuestra presencia o a nuestro paso, es molesto.

Sin embargo, el hecho de levantarse después de caer es de valientes. Lleva su tiempo, sí, por supuesto, según nos dañe el golpe.

Pero aquel que tiene clara su meta no se achanta y, tarde o temprano, continúa con fuerza hacia adelante. Al fin y al cabo, el destino al que se dirige vale el esfuerzo.

¿No es grandioso presentarse lleno de heridas y cicatrices ante nuestro Señor, alabando humildemente su nombre? Pues eso es lo que yo deseo.

Puesto que la propia vida, sin intervención de persona alguna, ya se encarga de ir destruyendo poco a poco nuestro exterior físico, bienvenidas sean también a nuestro espíritu las heridas, las cicatrices y los desperfectos que, por ser siervos de Dios, otros tan alegremente nos originan.

Él sana a los que tienen roto el corazón y les venda las heridas (Salmo 147:3).

Continuemos, pues, nuestra marcha sin descanso. Falta poco. Y cantemos.


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Isabel Pavón.
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