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¿Cómo supo que era yo?


Era aquella una iglesia que, como cualquier iglesia, tenía un templo, un pastor y un rebaño.


Al llegar la primavera al pastor se le ocurrió sacar el rebaño al sol. Pensó que la mejor manera de divertirse era hacer una barbacoa a lo grande (aunque parezca mentira, los rebaños se mueren por comer, más que hierba, carne asada). A todos les pareció una idea estupenda e ilusionados eligieron fecha.

Llegado el día señalado, el rebaño y algunos invitados (amigos y vecinos) viajaron en autobús. El pastor..., no.

Cargado hasta los topes, el vehículo contratado llegó a su destino. El pastor... también.

El rebaño y compañía se esparcieron por el campo en estampida colocando mesas, sillas y neveras por doquier y, entre unos pocos, prepararon los bártulos de la barbacoa. El pastor, con vistas a no apestarse con el humo, se sentó solo bajo la sombra de un algarrobo y se dedicó a la lectura y la meditación. De cuando en cuando, echaba un vistazo a la gente y decía para sí: “Todo va bien, tranquilo, todo va bien”… y continuaba con su abstracción.



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Mientras el fuego iba cogiendo la temperatura precisa (primero, para abrir boca, se asarían varios kilos de chorizos de Palencia), una de las invitadas a la excursión se acercó al susodicho con cierta lástima y le ofreció una lata de cerveza.

Era la primera vez que se veían y, por lo tanto, nunca antes habían hablado.
-Beba, pastor, está fresquita y el calor nos está deshidratando.
-Gracias, pero sólo bebo agua. La cerveza no es agradable a Dios –decía vocalizando mucho la palabra “cer-ve-za”, como a quien le cuesta decir una palabrota y sin embargo, se sobrepone y se esmera en pronunciarla bien.
-Será porque amarga... De todos modos, no se la estaba ofreciendo a Dios, se la estaba ofreciendo a usted, pero ahora mismo le traigo agua. ¿Es voluntad de Dios tomarla con gas o sin gas?
-¡Es usted graciosa! ¿Cómo se llama?
-Rosa, pero me llaman Rochi; ¿y usted?
-Soy el reverendo Lispector, responsable de la grey.

Estrecharon sus manos y a partir de ahí, Rochi notó que habían conectado. Fue hacia su nevera y le llevó el vaso.

Lispector se la quedó mirando un tanto descarado y después de dudarlo unos segundos dijo:
-Perdone que le pregunte..., estoy intrigado... ¿cómo supo que yo era el pastor?
-Porque todos (dijo señalando al grupo) se han despojado de sus cargos diarios y disfrutan del día con una naturalidad contagiosa. Sin embargo, es usted el único que ha venido al campo vestido con traje de chaqueta oscuro, corbata gris marengo, calcetín fino de ejecutivo y zapatos negros de charol. Parece usted un grajo herido entre jilgueros que cantan. Y también lo he sabido porque está más solo que la una. Es mucho más fácil encontrarle a usted que a Wally. ¡Ande, ande y bébase el agua!, quítese todo lo que pueda de encima, remánguese la camisa y acérquese al grupito aquél, ¿lo ve?, hace un rato que están contando chistes.

El Lispector que llegó aquella mañana al campo y el que se marchó por la tarde a casa no tenían nada que ver el uno con el otro. La congregación tampoco.


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Isabel Pavón.
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