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Cascos y cinturones para coches de caballos


Las chaladuras con las que convivimos, las que nos vemos obligados a aceptar, no sucedieron de la noche a la mañana.


Cuenta la historia que la mañana en que Augusto Montés, el vendedor de ajos y cebollas a domicilio, en vez de levantarse tarde, se levantó temprano, resultaba ser día festivo y que en lugar de animarse escuchando en la radio los Cuarenta Principales, como hacía cada día, se encontraba aburrido; cuenta que no salió a la calle porque prefirió quedarse en casa y que estos hechos le llevaron a asomarse en cuerpo y alma a su balcón de mala muerte situado en el séptimo piso, desde donde vio pasar algunos hombres montados en sus coches de caballos que se dirigían, con la lentitud pasmosa acostumbrada, hacia el centro de la ciudad para ganarse la vida paseando a los turistas por los lugares más importantes. Observando aquello con cierto ensimismamiento recordó la envidia que sentía cuando tenía que oír algunas de las iniciativas que otros socios solían presentar con frecuencia en su peña y cómo a él nunca se le ocurría nada. 


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Después de esta pequeña reflexión, Augusto Montés pudo ponerse a leer un rato, pero no lo hizo; pudo ponerse a planchar la gran carga de ropa acumulada, pero tampoco. Decidió frotarse la cabeza con ambas manos hasta que del cerebro se le escurrió una idea que pudo sostener antes de que se le cayese a la calle: Los conductores de coches de caballos llevarían casco y los pasajeros cinturones de seguridad.

Lo más curioso es que, el de los ajos, ni tenía coche, ni caballos, ni se había subido nunca a uno de ellos, ni conocía a nadie que los tuviese, ni nada de esto le preocupaba, pero le dio por ahí, por complicarle la vida a los que vivían en paz.

Al principio, ante la falta de asesoramiento sobre el tema que se le vislumbraba a cebollero, los socios, al oír la propuesta se rieron a carcajadas del chalado. Hablaban a sus espaldas y le criticaban. 

No obstante, esta podría haber sido una razón de peso por la que, Augusto Montés, pudo haberse enfadado, pero no lo hizo; tenía todo lo necesario para coger un berrinche, pero tampoco; estaba en pleno derecho de pedir la baja en la peña, pero eso no lo haría jamás. Más bien se dedicó con afán a reunir fuerzas. Continuó erre que erre calentando las cabezas del personal con su proyecto absurdo. Tanto y tanto insistió el tonto que, aquella pesadez, después de un tiempo, fue haciendo que unos pocos de su misma condición se entusiasmaron con el tema.

Se les empezó a ver haciendo el ridículo por las calles de la ciudad con una careta equina sujeta a las orejas pidiendo firmas; haciendo alusión a los inconvenientes que conllevaba la falta de seguridad en los carruajes; boicoteando; solicitando a los usuarios que no hicieran el recorrido en ellos hasta que en el ayuntamiento hiciesen caso a sus peticiones.

Bajo la falsa promesa de rifar algunos viajes gratis en calesas, recogieron muchas más rubricas de las esperadas, pues muchos chalados había. Con ellas fueron al excelentísimo para solicitarle que se hiciese obligatoria la demanda.

Así fue la manera en que lograron que lo que un chalado barruntó asomado a un balcón de mala muerte durante unas horas de tedio, para muchos se hiciera imperioso bajo multa.

Pudo haber fracasado Augusto Montés y sin embargo, tuvo éxito.

Pasó poco tiempo y al vendedor de ajos y cebollas a domicilio le hicieron Presidente de la Asociación Oficial de Cocheros. Muy poco después fue invitado a varios salones emblemáticos en los que hizo acto de presencia con su insignia recién estrenada. Recibía aplausos; comía copiosamente; bebía sin hartura; y tocase o no tocase, reía. Pudo haber exhortado a los que se congregaban para verle con algún discurso que mereciese la pena por su parte, pero no aportó más que los eructos producidos por la gran comida y el buen beber. En fin, nada que mereciese la pena por su parte. 

Como ocurre en muchas circunstancias, lo que desde el comienzo fue una iniciativa desatinada, logró ser estimada y empezó a ser aceptada. Las ilógicas ventajas que aportó con su proyecto terminaron convenciendo, se hicieron indispensables y empezaron y a formar parte de la normalidad en aquel lugar de tontos.

Aunque omito nombres y lugares, las chaladuras con las que convivimos, las que nos vemos obligados a aceptar, no sucedieron de la noche a la mañana. Más bien se forjaron poco a poco gracias a las desgraciadas horas muertas que algunos chiflados, por causa de su falta de capacidades, no supieron proyectar como Dios manda. De modo que, para los que tienen dos dedos de frente y por tanto luces, se han convertido en normas primordiales del diario vivir las cosas más absurdas, reglas a las que no pueden negarse gracias a las firmas de apoyo que otros tontos plasmaron.

Cada cual entienda y sitúe este ejemplo de un cuento del pasado en el caso que más le está doliendo en el presente.

 

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Isabel Pavón.
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