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Camuflaje

Dicen que desde siempre han vivido con nosotros, no obstante, nunca han sido controlados. Al parecer, estos seres, aterrizan a montones cada vez que en el cielo se hacinan nubes grises. Es difícil lograr reconocerlos porque, aunque son malos, viajan camuflados de buenas  intenciones. Se incorporan formando parte de las más comunes apariencias. Visten convencionales trajes. Calzan zapatos no de élite. En sus rostros suele aparecer la misma estampa, pura y dulce, de los que andan con propósitos decentes.

Por nombre usan seudónimo que no captamos si de sopetón se nos presentan. Muestran sonrisas apacibles. Sus ojos, casi siempre en tonos transparentes, reflejan una paz irresistible. Sus palabras son imanes puros de tan dulces.

Os lo advierto, no caigamos en sus trampas. Son diablos camuflados en perfiles de ángeles terrestres. Encuentras uno cuando menos te lo esperas y te asalta sentado junto a tu mesa en el trabajo..., subiendo en el ascensor tras tu nuca, también bajando..., a la vuelta de la esquina, frente a frente..., mientras estás leyendo los diarios..., comprando en el supermercado...

Más siempre, eso dicen, pueden ser reconocibles por un simple detalle: llevan un regalo sorpresa entre las manos.

Aconsejan que, a la más mínima sospecha, lo mejor es esquivarlos, huir, salir corriendo, nunca plantarles cara ni enfrentarlos... Los que aceptan su presente reciben una bomba de efecto retardado: la tentación misma, camuflada en ángel falso.

Cuando han hecho su agosto, ganando entre nosotros la batalla, emprenden camino de regreso con uves de victorias en sus dedos y las manos levantadas. Los ves alzando el vuelo, perderse en la grisura concentrada del espacio. Se presentan ante su jefe en las tinieblas. Dan cuenta de todo lo logrado.

Y si alguna vez fracasan, son especimenes que vuelven, están incapacitados para  aceptar una derrota.

Me lo han dicho, os lo cuento y quizás, tonta de mí pues, ahora caigo, por vivir ansiosa de regalos, ya me habré tropezado con algunos y me habrán explotado, en pleno rostro, sus múltiples engaños.

Sin embargo, hay arreglo. Acudir a la Luz misma, al Rey que la gobierna, pues nada se esconde que Él no sepa. Suplicar que de nosotros se haga cargo, nos restaure de los chascos, nos recomponga. Él tiene en sus manos las llaves de las mazmorras, ¡qué poco tiempo les quedan a estos diablos!, ¡qué equivocados están en sus propósitos!


Publicación en otros medios:

Diario Sur

Protestante Digital


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Isabel Pavón.
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