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Autoridad de mercadillo


En cuanto son conocedores de alguna opinión adversa se dirigen a quien la ha formulado para, en nombre de Dios, llamarle la atención.

 

Se ha convertido en costumbre, o derecho consolidado, el hecho de que algunos se vistan de autoridad cuando van a la iglesia. Medio escondidos se dedican a observar detenidamente a los demás y, en cuanto son conocedores de alguna opinión adversa, sin siquiera interesarse en los motivos, se dirigen a quien la ha formulado para, en nombre de Dios, llamarle la atención. Además le dicen que lo primero que tiene que hacer es cerrar el pico, aunque no sea gallina y esté hablando con sinceridad. Completan la conversación al darle la puntilla, aunque no sean toreros, con el versículo manoseado de turno correspondientemente ensayado. A continuación, con tono hierático, le sonsacan qué día le viene bien para recibirlos, porque quieren ir a su casa a hablar con él. Esto lo dicen moviendo el dedo índice de arriba abajo apuntando al pecho. Por supuesto, los que tienen tantas ganas de corregir a los demás nunca van a invitarles, si bien son ellos los que están proponiendo la cita y son ellos los que tienen esa necesidad de amedrentar. No, el encuentro siempre se producirá en casa del otro, en casa de quien tiene, según ellos, que aguantar el temporal sin derecho a pronunciar palabra.

 


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La persona que ha expresado su malestar a otro hermano se siente intimidado, pero no importa, desde el primer día que puso sus pies en el templo le inculcaron que hay que ser hospitalarios. Le han grabado a fuego que hay que serlo hasta cuando a uno le vienen a pisar el cuello. Y por supuesto, acepta, les abre las puertas.

Con esta falta de respeto se ve presionado el que se atreve a decir algo que no le gusta a alguien de su congregación, aun siendo la pura verdad. Es bien sabido que desde el principio de los tiempos, la falta de amor por la verdad entraña peligros.

Ya el día en concreto de la cita, por regla general viernes noche o sábado mediodía y así estropean el descanso tan merecido del fin de semana, el anfitrión, que por supuesto la vive con incertidumbre y se esfuerza con esmero para que todo esté preparado, se ve sirviendo a los invitados, dos como mínimo, ofreciéndoles los alimentos más extraordinarios que ha podido comprar y aguantando el chaparrón de fatuidades que esos que se han vestido de autoridad de mercadillo quieren escupirle a la cara entre bocado y bocado.

Resulta, que estos líderes de pacotilla han ido a robarle un tiempo hermoso. Han ido a humillarle. Han invadido su casa y su intimidad. Han ido a meterlo por la vereda que ellos estiman oportuna. Han ido a sentarse en su sofá. Han ido, se han bebido su vino y comido sus manjares, han rebañado los platos y luego han pasado por el baño. Todo porque a ese tal se le ha ocurrido hablar claro a otro miembro de la congregación.

Cuando dan el juicio por finalizado y se van por fin con algunas fiambreras de sobras porque han insistido en que todo estaba exquisito, el dueño de la casa se queda vacío de comprensión y hermandad. Los otros lo hacen con la barriga bien llena y la conciencia preparada para ir pensando en casa de quién se meterán el próximo fin de semana.

Estos casos tan frecuentes, ¿son de risa, o de pena? En fin, nimiedades que una tonta se pregunta.

 


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Isabel Pavón.
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