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Atados dentro de sí mismos



Algunos ataúdes pesarán como el plomo con tantos secretos acumulados y otros irán ligeros de equipaje.



Hay personas que nunca hablan de sus cosas y están en su derecho, cada uno abre su corazón a quien ve oportuno. Pero las hay que se les nota cierto pacto con el silencio hasta en las cuestiones más nimias y no se sabe si es por timidez o por orgullo. Todo se lo guardan, no expresan lo que sienten. Se convierten en rulos de carne cada vez con más relleno y se van quedando desprovistos de consuelo porque, al no compartir ni sus alegrías ni sus penas, nadie puede consolarlas o felicitarlas.


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También son comparables a los cofres que se entierran a sí mismos, con todo lo bueno y todo lo malo porque nunca encuentran la persona idónea para dejarse abrir, enriquecer y enriquecerse. Dentro de este grupo tan celoso de su intimidad suelen encontrarse especimenes que meten las narices en la de los demás y no valoran lo que los otros también desean guardarse. Estos silenciosos de lo propio lo saben todo sobre lo ajeno, incluso muestran su disposición para la ayuda, pero nadie sabe nada de ellos. Es como si se concedieran a sí mismos la potestad de colarse en tu debilidad parapetados tras el muro de sus propios secretos y de su propia soledad. Y este estatus, a mi entender, guarda cierta extrañeza, ni es luz ni resplandece. Tiene tintes de un color indefinido que asusta, porque cuando alguien que no es de tu agrado se acerca a indagar en tus sentimientos, intimida, notas que se ha posicionado por encima de ti. Los hay que si notan que acobardan, todavía se posicionan más arriba, se crecen. Incluso se conocen algunos que llaman ministerio eclesial a este entrometimiento y lo divinizan. 

Pensar que moriremos algún día es reconocer la realidad, pero algunos ataúdes pesarán como el plomo con tantos secretos acumulados y otros irán ligeros de equipaje. Cada cual elija a quien abrirse.

 

Publicación en otros medios:
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Isabel Pavón.
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