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Algo(de)dones


No tuvo éxito. No encontraba nada. Ni un don, ni dos, ni tres.


A Federico le dijeron un domingo en la iglesia que cada persona había recibido al menos un don y que, como cristiano, era bueno cuidarlo. 

Al oírlo, de súbito se le bloqueó el cerebro ¿Dónde estaba el suyo? ¿Dónde lo había puesto? ¿Quién se lo había regalado? ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué?

Con disimulo  in situ  buscó entre las páginas de su Biblia nueva, pero eran demasiadas y no tuvo tiempo de verlas todas.

Poco rato después entraba a casa corriendo. Intentó buscar entre la ropa fuera de temporada; entre las páginas de sus novelas más viejas; en el álbum de fotos de cuando se bautizó hacía ya bastantes años; en los cajones de la cómoda que apenas abría porque se atascaban; colgado en las perchas del armario.

Algo(de)dones

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No tuvo éxito. No encontraba nada. Ni un don, ni dos, ni tres. 

Comprobó si por equivocación lo había enviado a cualquier amigo a través del correo electrónico, y tampoco. Miró en la cartilla del banco por si estaba allí a plazo fijo y nada. Preguntó a los vecinos si lo tenían prestado y nadie supo contestarle.

 Por último, desesperado ya y angustiado, metió la mano en uno de los bolsillos de su pantalón  y comenzó a sacarlo todo: la calderilla cuya música tanto le gustaba; el pañuelo que sacaba en público con tal de limpiar sus lágrimas de cocodrilo; el bono de autobús que le traía y le llevaba a todas partes, buenas y malas; las llaves... Entonces notó algo más.

Al final del todo moraba el don, entre pequeños objetos sin identificar que para Federico eran de gran importancia.  Apareció incrustado, como cosido a festón entre las telas, pálido, casi muerto de asfixia por el peso que llevaba encima, harto de lavados en frío, suavizantes de aromas a jazmines y planchadas al vapor .

Se alegró mucho al comprobar que lo dicho en el templo era cierto. Cada persona tenía al menos un don y en él se cumplía.  ¡Por fin!, aquí está el mío. Gracias, Señor. Ahora debo pensar con calma no vaya a ser que haga una tontería .

Lo tomó entre sus dedos con tiento para que no se le fuera a romper. Lo miró maravillado y lo besó con ternura.  A continuación, con sumo cuidado lo depositó entre  algo-dones  y lo guardó en su caja fuerte para tenerlo bien asegurado, para que no se le volviera a perder. 

Pobre Federico, no se enteraba de que los dones, una vez localizados, había que ponerlos a trabajar con ilusión, rescatarlos de entre otras cosas que nos ocupan, sacarlos al sol y que reciban oxígeno.

 

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Isabel Pavón.
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