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60 euros y un cuento

Érase una vez un hombre que recibía mensualmente de su iglesia la cantidad de 60 euros. No los necesitaba, pues tenía un sueldo suficientemente holgado como para vivir con comodidad. Su casa, de 300 metros cuadrados, dos plantas y jardines, era de alquiler, ubicada en una zona residencial. Un par de veces a la semana, una mujer venía a ayudarle con las tareas de limpieza. Este hombre, procuraba que no se notase su estupenda situación económica.

¿Por qué recibía ese dinero que no necesitaba?, pues porque era un hombre de negocios y como todo hombre de negocios, entendía, sabía y había presentado un proyecto. ¿Qué clase de proyecto?, nadie lo sabía.

Ya que no necesitaba esos 60 euros, los usaba como parte de la paga que sus hijos recibían todas las semanas. Hay niños a los que hay que darles un mini-sueldo para que se realicen comprando chucherías en el quiosco.

Érase, igualmente, otro hombre que no sabía no entendía de letras ni de presentaciones de proyectos y ofrendaba todos los meses en su iglesia la cantidad de 60 euros. Los mismos que el otro se llevaba (el dinero, antes de calentarse, corre de mano en mano como la pólvora, ¡maldito parné!).

Este hombre, padre de tres hijos, no tenía un empleo fijo. Verdaderamente necesitaba esos 60 euros para el pan suyo de cada día, pero su conciencia escrupulosa le hacía darlos en beneficio de otros. Malvivía de alquiler en una casa de 58 metros cuadrados en un barrio conflictivo, sin parques ni jardines. Temía que sus retoños crecieran en él, sin embargo, no tenía opción de mejorar, ni de casa, ni de ubicación, pero procuraba que no se hiciese muy notable su pobre situación económica.

Su esposa sacaba tiempo de donde no lo había para contribuir con una pequeña aportación. Dos veces por semana iba a limpiar a casa del que recibía sus 60 euros para chuches de los niños, y ni por asomo cobraba lo que merecía por su trabajo.

Los pocos que en la iglesia conocían el asunto, no concebían este tipo de interacciones que se venían produciendo en su comunidad, pero callaban por temor a un hipotético castigo divino si lo criticaban. Inconscientemente cambiaban aquello de la verdad os hará libre, o sea, que nos está permitido hablar de la realidad, por la mentira, disfrazada, unas veces de silencio consentido y otras de falso amor al prójimo.

Existen otras historias de euros cuya cuantía rebasa en mucho a la de este cuento. Noten que no he querido provocar pánico.

Publicado en P+D:

www.protestantedigital.com


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Isabel Pavón.
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